lunes, 7 de diciembre de 2020

Garabandal, en pos de la verdad.

 “La verdad está hoy tan oscurecida, y las mentiras tan bien asentadas que, a menos que amemos la verdad, jamás la reconoceremos.” (Blaise Pascal)

“No se muere nunca.” (locución de Jesucristo a Conchita González,

20 de julio de 1963)

¿Qué es la verdad?, preguntó Pilato cuando la tenía delante. Para los cristianos es el mensaje de amor, de paz y de Salvación traído por Jesús de Nazaret al mundo. Todo está en los evangelios y en las cartas de San Pablo. Ahí vive la esencia de la fe cristiana, no vamos a decir que yace, como materia inerte. A lo largo de la Historia, los teólogos han ido puliendo a su modo lo que el testimonio dice. Los místicos han tenido visiones, en las cuales han creído ver el Cielo y el Infierno. Otras almas creyentes también han visto y han oído, y han hablado de ello, tal vez para reanimar y fortalecer un mensaje cada vez más olvidado. No hay mala intención en esto, sino todo lo contrario: recordarnos que la realidad no solo es empírica, sino también, en buena parte, espiritual, pues amamos y sentimos con el corazón. Se nos estremece el pecho ante diversas sensaciones. Lo que damos a los demás de nosotros como personas, y lo que recibimos de ellos. De las visiones –presuntas apariciones—hemos de quedarnos siempre con el recuerdo de lo que es el cristianismo en su esencia: entrega por amor al prójimo, sacrificio, misericordia y perdón. Todo lo demás: amenazas, castigos, coacciones… no encuentran ningún sentido en el plan de Salvación de Dios Creador.

Vamos a analizar el caso de las apariciones en San Sebastián de Garabandal –pequeño pueblo de Cantabria, en la comarca de Rionansa-- siguiendo el muy bien documentado estudio de Santiago Mata Silencio en Garabandal. El precio pagado por la Virgen (Madrid, Freshbook, octubre de 2018), así como un ensayo presumiblemente objetivo, el del investigador torrelaveguense Francisco Renedo Carrandi, titulado El enigma Garabandal (Editorial Almuzara, octubre de 2018). Partamos del hecho de que, hasta el momento, nadie ha aclarado sobre lo que podría estar pasando en aquella intrincada y muy humilde villa antes de iniciarse los sucesos que la volvieron famosa. Nos referimos a los condicionantes sociológicos que pudieron favorecer un clima proclive a acoger lo sobrenatural, aquello que no presenta una explicación científica convincente. Nadie ha estudiado el ambiente familiar en el que nacieron y se educaron las videntes, así como las limitaciones externas que las rodeaban. Pero podemos suponer algunos datos importantes: Garabandal era un pueblo con unos habitantes extraordinariamente piadosos, muy tradicionalistas, donde se rezaba el rosario en las cocinas de las casas, y donde los preceptos religiosos gozaban de preeminencia sobre el aprendizaje y el conocimiento en sí. Para una mente tradicional, la fe profunda otorga la felicidad, no ninguna otra cosa. Uno propone y Dios dispone. Hágase siempre, en última instancia, la voluntad de Dios. En Garabandal trabajaban en el campo todos: hombres, mujeres y niños. Las condiciones de vida, con los cultivos y el ganado, eran durísimas, sobre todo en invierno, cuando el pueblo quedaba totalmente aislado por la nieve, y ni los jeeps podían subir por la pista forestal desde Cosío. El empedrado de las calles era tortuoso y su trazado sumamente pindio e irregular. En Garabandal se recitaban dormidos los Credos y los actos de contrición. Era esto fundamental, y no tanto ir a la escuela y dejar que la Geología perdiera una piedra para que la sociedad ganara un hombre (o una mujer).

San Sebastián de Garabandal

El contexto histórico mundial en el que se desarrollaron los hechos también guarda una relación notable con el signo de lo acontecido: en octubre de 1958 había muerto, en Castel Gandolfo, Pío XII, y un nuevo Papa, antiguo párroco de aldea, Angelo Giuseppe Roncalli, investido como Juan XXIII, iba a traer aires nuevos a la Iglesia romana: misas de cara a los fieles, oficiadas en lengua vernácula (y no en latín), potenciación del papel y de la actuación de los laicos en el pueblo de Dios (bajo la guía espiritual de los sacerdotes), y ecumenismo, es decir, apertura y acercamiento a otras confesiones. Por descontado, estas renovaciones causaron no escaso conflicto en las comunidades más cerradas, donde a los párrocos se les consideraba, indiscutiblemente, como hombres santos y la única autoridad en materia de creencias. Los sacerdotes gozaban del poder del trueno: recordemos las “divinas palabras” pronunciadas en latín en la última escena de la tragedia rural de Valle-Inclán y cómo detienen el avance inexorable de la turba.

Papa Juan XXIII, promotor del Concilio Vaticano II

Es factible que en lugares como Garabandal comenzaran a anidar gentes de convicción católica ultramontana, que buscaban levantar un parapeto contra el avance de la modernidad, sobre todo en materia de aspectos dogmáticos. En Cantabria, el sentimiento ultramontano se vivía muy ardiente, cuando menos, desde el siglo XIX, desde los tiempos de José María de Pereda y Marcelino Menéndez Pelayo. Un conservadurismo que habría de garantizar la defensa de los valores del terruño y, en última instancia, la paz, integridad y felicidad de los aldeanos.

Vivir la religión para ser felices. He ahí una cuestión básica. Lo enunció don Miguel de Unamuno en su San Manuel Bueno, mártir: La religión no es para resolver los conflictos económicos o políticos de este mundo que Dios entregó a las disputas de los hombres. Piensen los hombres y obren los hombres como pensaren y como obraren, que se consuelen de haber nacido, que vivan lo más contentos que puedan en la ilusión de que todo esto tiene una finalidad (…) Sí, ya sé que uno de esos caudillos de la que llaman la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. Opio..., opio... Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe.” Y en otro pasaje de su crucial relato: “No hay más vida eterna que ésta..., que la sueñen eterna..., eterna de unos pocos años...”

Es así que la religión se sitúa entre la realidad y un mero consuelo. Entre el alcance de lo trascendente, y la ilusión de contar con ello. Demos al pueblo lo que necesita: fervor religioso. Hay, no obstante, una diferencia sustancial entre Don Manuel Bueno, personaje incrédulo de Unamuno, y las niñas videntes de Garabandal: que estas sí creían en lo que aseguraban ver.

Garabandal Village 1965 

Este debía de ser el ambiente que se respiraba en localidades pequeñas y aisladas como Garabandal. Dame, en todo momento, religión. Plegarias, oraciones, letanías, no tampoco catequesis ni reflexiones espirituales. Una piedad basada en los rezos, que no hacía falta explicarse. Pero ahora la Iglesia cambiaba y exigía abrirse a otros caminos. ¿Iba a perder su identidad, la compostura de su mensaje, los rasgos exteriores de la devoción? Peligro: extravío. Confusión en el rebaño. Se llega a un cruce de senderos.  Hay que enderezar el carro, optar por una ruta. Y la solución ha de venir de los propios fieles. No de la jerarquía. Aunque a esta se la respete y obedezca.

Esto forma parte de lo vivido en Garabandal. Que hable el Cielo. Que se pronuncien los santos. Y el Cielo va a hablar para corroborar, porque, en esencia, lo recibido por las videntes en sus experiencias extáticas no difiere ni se aparta del dogma oficial de la Iglesia católica, ni supone por ello una novedad. En julio de 1965, aun no reconociendo el carácter sobrenatural de las visiones de las niñas, el obispo de Santander, Eugenio Beitia Aldazábal, reconocía en su nota del Boletín Oficial de la Diócesis: “No hemos encontrado materia de censura condenatoria, ni en la doctrina, ni en las recomendaciones espirituales, que se han divulgado en esta ocasión, como dirigidas a los fieles cristianos, ya que contienen una exhortación a la oración y al sacrificio, a la devoción eucarística, al culto de Nuestra Señora en formas tradicionalmente laudables y al santo temor de Dios, ofendido por nuestros pecados. Repiten simplemente la doctrina corriente de la Iglesia en esta materia.”

Aun admitiendo la buena intención y fe de los devotos, el obispado prohibía dar difusión a las apariciones, y a los sacerdotes acudir al lugar (sin expresa licencia de la autoridad eclesiástica). ¿Por qué? La razón no se supo bien del todo; desconfianza en la certeza de los hechos, principalmente.

Las cuatro niñas videntes: Conchita, Mari Cruz, Mari Loli y Jacinta.

Las visiones, éxtasis y locuciones sobrenaturales se registraron entre el 18 de junio de 1961 y enero de 1963. Por lo menos, en lo que compete a las cuatro protagonistas: María Concepción González González (Conchita), la mayor, María Dolores Mazón González, Jacinta González González –las tres, de doce años—y Mari Cruz González Barrido, de once años. La chica mayor, y vidente proactiva del grupo, Conchita, prolongó sus éxtasis hasta noviembre de 1965.

Todo comenzó en el huerto del maestro del pueblo, al que las niñas habían acudido a coger manzanas. A las ocho y media de la tarde del domingo 18 de junio de 1961, escucharon un trueno. La primera que vio la figura de un niño vestido de azul claro, como de unos nueve años, ojos negros, rostro trigueño, alas desplegadas de color fuego mate, y levitando sobre una gran piedra, fue Conchita, y acto seguido, al señalarlo, todas las acompañantes. La aparición no dijo nada. Las niñas lo contaron a la maestra, a sus familias, y al párroco, don Valentín Marichalar. El 19 de junio, al acostarse, Conchita escuchó el aviso de que lo volverían a ver. En efecto, el miércoles 21 de junio, las niñas volvieron a ver la figura angelical. El sábado 1 de julio, además de identificarse como el arcángel San Miguel, la figura anunció la llegada de la Virgen del Carmen al día siguiente, domingo 2 de julio. Pasadas las seis de la tarde, en la denominada Calleja, junto al huerto del maestro, las cuatro niñas se postraron ante la Virgen, flanqueada por dos ángeles. La Virgen con vestido blanco, manto azul, corona de estrellas doradas, escapulario marrón, cabello ondulado y largo de tono castaño oscuro, con raya en medio, rostro fino y alargado, labios gruesos, y voz indefinible. Y, ¡atención!, junto a ella y a su altura –y este detalle se aparta del canon mariano al uso--, el gran Ojo de Dios. Un icono que es símbolo masónico bien conocido y que parte de la mitología egipcia (el ojo de Horus). Que unas niñas de pueblo, sin apenas formación –salvo las primeras nociones instrumentales básicas—dijeran haber visto el Ojo de Dios, no parece un hecho inspirado por la tradición iconográfica cristiana. En la aparición de la Virgen el 4 de julio, las videntes escucharon de ella un primer mensaje de advertencia, al parecer un texto de un cartel que portaba el ángel, y que las niñas no lograron descifrar. Decía que “hay que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia, visitar al Santísimo, pero antes tenemos que ser muy buenos y, si no lo hacemos, nos vendrá un castigo. Ya se está llenando la copa y si no cambiamos, nos vendrá un castigo muy grande.” En realidad, ese letrero del ángel adelantaba el mensaje profético del 18 de octubre de 1961, de igual sentido. Al malo, con el palo. O arrepentimiento y mucha penitencia, o severas represalias para la Humanidad. Es algo ya común en los mensajes de visiones marianas. La secularización desmedida del mundo, la ausencia de creencias y de piedad, la falta absoluta de humildad ante Dios, el materialismo dominante, la pérdida del sentido trascendente del amor y de la caridad, la idolatría y sumisión al poder del dinero. En definitiva, la abolición de la religiosidad de la vida de los hombres.

Un visitante del pueblo dio a las videntes unos cilicios, para que los llevaran bajo la ropa. Sobre el uso del cilicio –bárbara disciplina medieval—la Virgen lo desaconsejó a las niñas, al no ser ese el tipo de sacrificio que se requiere, siendo el más consecuente la fidelidad a ella en la vida ordinaria.

Hay que señalar que, según el Manual de etnografía cántabra, de Joaquín González Echegaray y Alberto Díaz Gómez, no existe tradición de la Virgen del Carmen en una localidad no costera y de los alrededores de Peña Sagra como es San Sebastián de Garabandal. La Virgen del Carmen es la patrona del Barrio Pesquero de Santander, pero no es una Virgen especialmente venerada en los pueblos de la Montaña. Parece algo extraño que se manifieste bajo esta advocación en las visiones tenidas por las cuatro niñas. En Liébana se rinde culto a la Virgen de la Luz, y en la zona más occidental de Cantabria se venera a la de Covadonga.

En cuanto a la visión del ángel (etimológicamente, ‘mensajero’), la Biblia los menciona, son una verdad de fe, pero no suele detenerse en describirlos. Generalmente, tienen apariencia de hombres jóvenes, que pueden ir ataviados de vestiduras blancas (como los guardianes del sepulcro de Jesús). El arcángel Rafael (identificado con la Virtud divina) fue el que curó con hiel de pez la ceguera de Tobit, y el arcángel Gabriel (la Potencia de Dios) anunció a María la Buena Nueva. A Abraham se le aparecieron tres hombres misteriosos en el encinar de Mambré; iban hacia Sodoma, y Abraham los agasajó. Eran los heraldos del Señor, que anunciarían la destrucción de la ciudad corrompida. El Antiguo Testamento los presenta como una ilusión provocada por la voluntad de Dios: “Me visteis comer y beber, pero no me veíais a mí realmente, sino a una mera apariencia.” (Tb 12, 19) Según los grandes profetas (Isaías, Ezequiel) y algunos santos, como Francisco de Asís, los ángeles se revisten de formas aladas (de entre cuatro y seis alas, que emplean para volar y para cubrirse la faz y los pies). Los manuscritos hindúes antiguos, de la región del Tíbet, también presentan dibujos de criaturas de aspecto humano con dos alas. Así pues, entra dentro de lo posible –aunque no de lo más probable-- que las niñas de Garabandal vieran un ángel alado.

¿Cuál fue la respuesta del obispado de Santander ante estas apariciones? A través de una comisión extraoficial, que apenas investigó la vida de las niñas y los hechos sobre el terreno, negar el carácter sobrenatural de lo acaecido y participado. Un juego de la mayor, Conchita, ideado tras haber oído hablar a don Valentín, el cura, sobre los ángeles, dio pie a una farsa obligadamente continuada, para evitar el ridículo, por las otras tres niñas. 

Lo cierto es que, desde julio de 1961, hasta finales de diciembre de 1962, es decir, año y medio, las niñas tenían éxtasis día sí y día también. Algunos, muy largos, de hasta siete horas, de madrugada, en cualquier época del año, con nieve, con lluvia o con sol, en la Calleja, la Iglesia, su pórtico, el prado de los pinos, las cocinas de sus casas, sus dormitorios y por la calle. Las videntes quedaban en un estado de arrobamiento total, con las pupilas muy dilatadas, la columna curvada hacia atrás, el cuello prominente y muy erguido, la cabeza apoyada en la nuca. Se ha afirmado que su peso aumentaba hasta el extremo de no poder ser movidas ni levantadas entre dos personas, pero esto no se ha corroborado del todo. A veces, según se dijo, levitaban de espaldas sobre el suelo y se podía pasar una mano por debajo (atestiguado por el brigada Juan Álvarez Seco, pero negado por doña Maximina González, tía de Conchita). Sus movimientos estaban perfectamente sincronizados. Se postraban de rodillas simultáneamente en décimas de segundo, y se persignaban en completa simetría de cada una de sus manos. Si el éxtasis ocurría a la intemperie, y estaba lloviendo, las videntes no se mojaban; permanecían completamente secas hasta el mismo final del proceso. Los éxtasis alcanzaron la cifra de más de tres mil. Durante ellos, recibieron cientos de cadenas, crucifijos, rosarios, escapularios, anillos, pulseras… y hasta polveras, para ser besados por la Virgen. Después, con la vista todavía fija en la visión, devolvían estos objetos, sin errar, a las personas propietarias de ellos. Cuando un objeto caía al suelo y se perdía entre las piedras, las niñas sabían exactamente dónde había caído. Eran capaces de descubrir la identidad de los sacerdotes que acudían allí de paisano, y de adivinar o leer el pensamiento de los presentes. Cuando una niña entraba en trance, era imposible comunicar con ella, salvo que otra de sus compañeras, en estado normal, se dirigiera a ella y le pidiera alguna cosa.

Todo esto es muy difícil de poderlo fingir durante un periodo tan extenso de año y medio. Pensemos en la edad de las niñas –doce años—y en lo tortuoso que el proceso hubiera sido para ellas si todo se hubiese tratado de una comedia o drama convenidos. Hubo muchas noches que las videntes permanecieron sin acostarse, sin dormir, teniendo los éxtasis en sus casas, o bien escapando a las tres y las cuatro de la madrugada hacia los pinos, en la zona alta y agreste del pueblo. Conchita González acudió en trance alguna vez a la verja del cementerio, de madrugada, para dar a besar un crucifijo a las almas de los muertos allí enterrados. Interrogadas las niñas por separado, no entraban en contradicciones y sus descripciones coincidían entre sí.

A menudo, caminaban al unísono las cuatro hacia atrás, deprisa, esquivando obstáculos y no tropezando por los abundantes desniveles. En ocasiones, era difícil seguirlas y ponerse a su altura. De cuantas apariciones marianas se tiene noticia, las registradas presuntamente en San Sebastián de Garabandal son, sin duda, las más espectaculares. Los signos externos fueron filmados y fotografiados por aficionados a la fotografía, testigos, y equipos de No-Do y de la RAI. Hoy en día, se pueden ver en Internet, en plataformas como Youtube, algunas de estas imágenes.

No es cierto que, cuando caían bruscamente al suelo, las videntes no se hirieran. Como prueba está la siguiente imagen, que muestra las rodillas severamente laceradas de una de ellas:

Hay otra fotografía donde una de ellas parece llevar la rodilla derecha vendada y una herida punzante en la izquierda:

Las niñas fueron examinadas por varios médicos: el doctor Luis Morales Noriega, psiquiatra contrario a las apariciones (que las dio por auténticas años después, en mayo de 1983), el doctor Piñal, analista, igualmente contrario a la veracidad de las visiones, los doctores Alejandro Gasca Ruiz, Celestino Ortiz González y Ricardo Puncernau (neuropsiquiatra), estos tres facultativos defensores de una causa inexplicable de las experiencias místicas: “No encontramos explicación científica convincente que pueda explicar tales fenómenos.”

Plenamente escéptico se mostraba el doctor José Luis Gullón, médico pediatra destinado a la zona, y que había tratado previamente a las videntes. Para él, los presuntos éxtasis fueron solo trances debidos a un proceso de autosugestión colectiva de corte histérico y de motivación desconocida. Se exageró mucho y se añadieron elementos no registrados en realidad.

Ninguna cámara captó ninguna de las visiones. Hubo un intento de fotografiar a la Virgen, en casa de Mari Loli, que se saldó con una imagen donde solo se aprecian manchas y oscuridad. En agosto de 1961, se intentó grabar una vez la voz de la visión. Al reproducir la cinta, se le oyó decir “No, no hablo”, en un tono muy dulce que, sin embargo, solo se pudo reproducir una vez.

Diversas personalidades acudieron a Garabandal para asistir a los éxtasis. Entre ellas, Balduino y Fabiola --monarcas belgas--, Carlos Arias Navarro –entonces Director General de Seguridad--, el exministro Alberto Martín-Artajo (presidente de Acción Católica), un hijo de Luis Carrero Blanco, así como la escritora catalana Mercedes Salisachs, quien preguntó por su hijo, muerto en accidente de tráfico, y quien llegó a comprar varias parcelas en la villa para edificar un convento.

Solo hubo un adulto quien, al parecer, y por su propio testimonio antes de morir, compartió la visión de un milagro junto con las niñas: el padre jesuita Luis María Andreu Rodamilans, de 38 años, integrante de una familia muy piadosa, en la que la propia madre, al enviudar, profesó de monja. Se le denominó “el quinto vidente”. Él y su hermano Ramón María, también jesuita, se personaron en Garabandal la última semana de julio de 1961. A comienzos de agosto, junto a los pinos y las videntes, el P. Luis María Andreu cayó de rodillas y con la mirada perdida. Antes de fallecer en el coche que lo bajaba, en Reinosa, aseguró haber contemplado un gran milagro: “Estoy pleno de alegría. Qué regalo me ha hecho la Virgen. Qué suerte tener una madre así en el cielo. No hay que tener miedo a la vida sobrenatural. Las niñas nos han enseñado cómo hay que tratar a la Virgen. Para mí ya no puede quedar duda. ¿Por qué nos habrá elegido la Virgen a nosotros? Hoy es el día más feliz de mi vida.”

P. Luis María Andreu

Tras su defunción, las niñas escucharon la voz del alma del sacerdote jesuita en diversas ocasiones. Incluso las enseñó a rezar en francés, griego y latín. Según las niñas, su cuerpo recibiría el regalo de la incorruptibilidad. Cuando se le exhumó en 1976, para un traslado, solo se recuperó su osamenta. Conviene recordar que la tradición veterotestamentaria vetaba la nigromancia, o invocación de las almas de los difuntos, una práctica de brujería que se llegó a castigar con la pena capital. En el libro primero de Samuel, Saúl, después de expulsar de la tierra a adivinos y evocadores de ultratumba, consultó a la pitonisa de Endor, para que invocara el espíritu del difunto profeta Samuel. Temerosa por quebrantar la prohibición, ella llamó ante sí a Samuel, cuyo fantasma subió del inframundo y vaticinó la muerte inminente de Saúl y de sus hijos, fustigados por los ejércitos de David (1 Sam 28, 7-19). Se hace inverosímil que una criatura celestial convoque a un difunto, como lo era el Padre Luis María Andreu, para que hablase con unas niñas. Parece de película de terror. Según las jóvenes videntes, cuando venía la voz del sacerdote jesuita se volvía todo oscuro, como una nube negra:

“Al día siguiente, a la misma hora del otro día se nos apareció la Santísima Virgen a las cuatro; estuvo unos minutos muy sonriente, pero no nos dijo nada… A los pocos minutos se nos hizo de noche y oímos la voz que nos llamaba. Entonces Mari Cruz exclamó: --¡Dinos quién eres, pues si no, nos vamos a casa!

Mientras oíamos esa voz estaba muy oscuro y no veíamos a la Virgen, pero después venía Ella y se ponía muy claro y nos dijo: --No os asustéis.” (Diario de Conchita González)

A mediados de noviembre de 1961, se inició el retiro forzoso del párroco de la aldea, don Valentín Marichalar, durante dos meses, siendo reemplazado por don Amador Fernández González, sacerdote que gozaba de una mayor confianza por parte del obispado santanderino. Durante la ausencia de don Valentín, las cuatro videntes vaticinaron un paréntesis en las manifestaciones marianas. De ese modo, don Amador no pudo presenciar nada excepcional.

En junio de 1962, cercana la fiesta del Corpus, las videntes vieron “ríos que se convertían en sangre y fuego que caía del cielo”. Oyeron el castigo que espera a los incrédulos e impíos: “En un cierto momento, ni un solo motor o máquina funcionará; una terrible ola de calor se abatirá sobre la tierra y los hombres empezarán a sentir una grandísima sed; buscarán desesperadamente el agua, pero esta, con tanto calor, se evaporará. Entonces se apoderará de casi todos la desesperación y buscarán matarse unos a otros; pero les fallarán las fuerzas, e irán cayendo por tierra.” El 18 de julio de ese año, durante un éxtasis que fue filmado en parte y fotografiado, Conchita mostró una sagrada forma sobre la lengua, que en principio no tenía ahí. Al parecer, era habitual que recibieran del ángel la comunión (detalle también declarado en Fátima). En noviembre de 1962, Conchita recibió el anuncio de un gran milagro futuro, y cuya descripción se ha ido puliendo con el tiempo. Será un jueves, en la festividad de un mártir santo que murió por la eucaristía (¿San Hermenegildo, con festividad el 13 de abril?), a las ocho y media de la tarde, visible en el cielo desde cualquier lugar. Los pecadores se arrepentirán y los enfermos sanarán. A esto se añadió más tarde lo de las señales visibles e indelebles sobre los pinos de Garabandal. También pronosticaron las videntes que faltaban solo tres papados para la consumación de los tiempos. Pero ha habido más de tres pontífices desde 1962: hasta día de hoy, cinco. Igualmente, que el capuchino Padre Pío de Pietrelcina (a quien Conchita visitó en su retiro espiritual) asistiría al evento. El monje falleció el 23 de septiembre de 1968 en su monasterio de San Giovanni Rotondo, pero se asegura que vio el milagro antes de morir y rogó que el pañuelo que cubriría su faz le fuera luego entregado a Conchita González, como así se hizo cuando la vidente visitó el santuario de Lourdes. 

Éxtasis de Conchita González

Sin embargo, el aviso que más polémica causó en su día, especialmente entre el clero y la jerarquía católica, fue el recibido solo ya por Conchita el viernes 18 de junio de 1965: “Los sacerdotes, obispos y cardenales van muchos por el camino de la perdición y con ellos llevan muchas más almas. A la Eucaristía cada vez se le da menos importancia. Debemos evitar la ira de Dios con nuestros esfuerzos.”

¿Cómo la Virgen, por boca de una joven de entonces dieciséis años, se atrevía a hablar de esa manera contra los ministros del Señor y los príncipes de la Iglesia? Leído este texto hoy, inmediatamente le encontramos sentido: los casos de pederastia y abusos sexuales que ha habido en la Iglesia católica desde mediados de los años setenta hasta ahora. Todos ellos soslayados por la alta autoridad de Roma hasta las medidas condenatorias de Benedicto XVI y el Papa Francisco.

La advertencia ha sido aprovechada por el integrismo católico para culpar de ello a la relajación en el dogma, y mostrar el extravío de la Iglesia a partir del Concilio ecuménico Vaticano II.

Las apariciones, desde casi su mismo inicio, atrajeron a Garabandal a cientos de peregrinos, muchos venidos desde Francia, otros de Inglaterra y Estados Unidos.

Paralelamente a las apariciones supuestas, se apreciaron esferas luminosas, semejantes a pompas de jabón, sobrevolar el área de los pinos y el macizo de Peña Sagra: “Vino como una especie de esfera, un globo de luz que pasó rozando Los Pinos. Me dio mucha rabia, porque todos lo vieron con claridad menos yo, que tengo un defecto en la vista. No lo pude ver bien. Mi hija lo vio y era como un globo muy iluminado, como una esfera.” (Declaración de Maximina González). Conchita González dijo que a veces la Virgen venía en una especie de bólido de fuego. Recordemos el ascenso del profeta Elías a los cielos sobre un carro de fuego: “He aquí que un carro de fuego con caballos de fuego separó a uno de otro, y Elías subía al cielo en el torbellino…” (2 Re 2, 11). Extrañas luces, semejantes a estrellas, fueron vistas en el cielo nocturno de Garabandal por varias personas. Esto ha llevado a la interpretación de una posible intervención de seres de otro mundo, de extraterrestres que estarían revistiendo de cariz religioso sus mensajes. Se ha especulado con que don Valentín de Marichalar, el párroco titular, era el lector / intérprete de las visiones, dando un nombre cristiano a cada elemento surgido en ellas. Se  podría pensar en la visita de una civilización superior que estuviera aprovechando el factor religioso para influir en la conducta humana, sin provocar un choque o confrontación cultural (ni cultual), que sí acaecería si se descubriera tal civilización como realmente es. Se trataría de acomodarse a la circunstancia de unas creencias y aprovecharla para, tal vez, sacar un beneficio en pro de los seres humanos. Globos luminosos se dejaron ver también en la región de Fátima, y anteriormente, en la aparición de La Salette, el 19 de septiembre de 1846. En este lugar, dos pastorcillos vieron un globo luminoso, en principio pequeño, una luz muy intensa en forma de objeto redondo destellando. Giraba intensamente sobre sí mismo.  Costaba fijar la vista sobre él, dada su gran luminosidad. En un momento dado, el objeto se abrió y dejó ver unas manos muy blancas, y luego una cara. El globo fue reduciendo su intensidad, pero su tamaño creció hasta alcanzar el de una figura humana. Si recordamos la llegada del hada buena en la versión fílmica de El mago de Oz (Víctor Fleming, 1939), esta visión debió de ser muy parecida. La esfera luminosa dio paso a la figura de una señora alta, con túnica blanca, perlas luminosas y delantal, zapatos blancos con hebilla dorada, y una cruz colgando de una cadena fina de oro sobre el pecho. La cruz era amarilla y con un martillo y una tenaza al final de ambos brazos. El martillo y la tenaza son dos de los símbolos de las Armas de Cristo. En el mensaje, la señora habló de su hijo, pesaroso por las blasfemias de los hombres, el escaso respeto del domingo como día de reposo, la poca piedad de la gente y la necesidad de la oración. La dama predijo una gran hambruna, por la pérdida de las cosechas de patatas y de trigo como castigo por la impiedad de los hombres. La predicción se cumplió, y las cosechas se arruinaron en Francia, Irlanda y otros países de Europa. De nuevo, es irrefutable el sentido religioso de lo trasmitido por la visión en La Salette. ¿Connivencia con la tradición cultual del lugar? 

Primer documental sobre Garabandal (1971) 

Volviendo al caso de Garabandal, tres de las videntes se casaron con norteamericanos y marcharon a vivir allí. Solo Mari Cruz permaneció en España, al casarse con un asturiano e irse a Avilés. En junio de 1984, manifestó la falsedad de las visiones, según ella, una broma o juego iniciado por Conchita y mantenido luego por todas debido a la presión de la gente crédula: “Se lo inventó todo Conchita, que siempre estaba organizando bromas. Lo hizo sin mala intención, pero se montó tal jaleo que tuvimos que seguir. Yo temía que si decía la verdad la iban a tomar con nosotras.” Hay que señalar que Mari Cruz fue la primera en comenzar a descolgarse de los éxtasis, a partir de septiembre de 1962.

Conchita González se hizo enfermera en el hospital santanderino Marqués de Valdecilla. Marchó luego a residir en Nueva York, sin saber una palabra de inglés, invitada a su casa por el doctor Jerónimo González, quien la dio empleo también en su clínica. El matrimonio González ayudó a Conchita a integrarse en la sociedad norteamericana todo lo que pudo. Allí Conchita era una desconocida, y así consiguió llevar una vida normal. Se casó con un nativo muy creyente y tuvieron cuatro hijos. Conchita concedió muy pocas entrevistas sobre lo ocurrido en su infancia en Garabandal. Ella cumplió su cometido en un momento determinado, y no tuvo nada más que hacer o añadir al respecto.

La Iglesia presionó a las niñas, a partir de 1964-65, para que se retractaran de lo visto. El obispado de Santander deseaba el pronunciamiento del Vaticano, a través de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (exSanto Oficio). Roma licitó a la diócesis santanderina al considerar que tenía competencia suficiente para decidir y dictaminar sobre el asunto de una manera definitiva. Se consiguió que, al menos, las niñas manifestaran sus dudas sobre la realidad de las visiones. En particular, se presionó mucho a Conchita González, al considerarla como la líder del grupo. Esta estaba convencida de que su misión en la vida era ser monja. Ingresó en un internado religioso de Pamplona. Allí, una locución celestial la desengañó. No debía profesar. Conchita tuvo sus serias crisis de fe, durante las cuales llegó a dudar de la transustanciación en la Eucaristía. De Pamplona marchó a otro colegio católico en Burgos, donde hizo gran amistad con su educadora, la Madre María de las Nieves, para quien escribió unos diarios que no se han publicado.

Las videntes reconocieron ante el obispo Beitia que en ocasiones los éxtasis eran fingidos, ante la impaciencia de la gente espectadora. Pero solo hasta que llegaban los auténticos. Conchita González ejercía un gran poder de sugestión sobre las otras tres niñas. Ella y Mari Loli (fallecida de lupus eritematoso y fibrosis en Boston, en abril de 2009) eran las que más enfatizaban los encuentros sobrenaturales. El neuropsiquiatra Ricardo Puncernau admitió en Conchita “una imaginación rica y expansiva, con una gran ideación y fantasía e incluso tendencia a la fabulación. Esta gran imaginación se ha dado también en otras videntes. Así, por ejemplo, Santa Bernadette, sor Lucia de Fátima, etc.” Este renombrado facultativo escribió un ensayo, Parapsicología científica (Producciones Editoriales, 1976), donde concluye que los fenómenos extrasensoriales son producidos, inconscientemente, por la energía cerebral de personas presentes y testigos de los mismos. Aparte de imaginación, Conchita debía de ser lista y manipuladora, pues volviendo un día de Cabezón de la Sal propuso enterrar una talla de la Virgen para insinuar luego, ante la gente, dónde cavar. Se trajo también unos polvos dentífricos de perborato que, según ella hacían levitar. Mari Loli se lo tomó tan real que estuvo varios días ingiriendo los polvos, con la esperanza de volar. El mismo fenómeno de la aparición de la hostia en su boca fue reconocido a veces por ella misma como fingido (la escondería en el paladar o bajo la lengua, si no se trataba de los mismos dichosos polvos de perborato, ocultos en una cápsula que mordió en el momento convenido). La agudeza de la presunta vidente llegaba al punto de poder identificar a un sacerdote de paisano por la marca blanca que dejaba el alzacuellos sobre su piel.

Respecto a declaraciones de testigos de haber visto a Mari Loli, el jueves 5 de octubre de 1961, a las 23:21, descender las escaleras de su casa tumbada casi, suena a las imágenes de la película El exorcista.

Mari Loli, en éxtasis.

No hubo, en principio, intereses económicos de los vecinos del pueblo con motivo de los trances visionarios de las niñas. El padre de Mari Loli, Ceferino, regentaba la única tasca del lugar, y a menudo descuidaba el mostrador, para atender a lo que le acontecía a su hija, y los visitantes le dejaban el importe de las consumiciones allí encima. Sin embargo, no tardaron en llegar forasteros ofreciendo altas sumas por casas o terrenos del pueblo. Garabandal se revalorizó mucho, aunque, al no haber sido el fenómeno oficialmente reconocido por la Iglesia, no han surgido decenas de tiendas de recuerdos como sí en Lourdes o en Fátima. Por otra parte, a lo largo de 1962, las familias de las videntes comenzaron a contender entre sí para atraer el foco de atención sobre sus hijas respectivas. El estrellato se lo llevaba claramente Conchita González, seguida de Mari Loli. Jacinta y Mari Cruz quedaron en un plano más secundario.

En 1975, una familia, los Mena, visitaron Los Pinos de Garabandal con su hija de tres años. En un momento dado, la niña se quedó inmóvil, absorta, mirando al cielo y con las manos juntas, en actitud de rezar. Cuando abandonó esa postura, no recordaba nada. Se le hizo una fotografía, que fue remitida por el abuelo de la pequeña, capitán de navío de la Armada, al entonces obispo de Santander, don Juan Antonio del Val (un testigo de los éxtasis en su juventud, en principio desconfiado, y luego creyente profundo al haber sanado de un cáncer por intercesión de una reliquia de la Virgen de Garabandal).

Testimonio de Ramonín, pastor de ovejas. 

Hoy en día el fenómeno de las apariciones de Garabandal está siendo tutelado por un grupo sectario católico, los Siervos del Hogar de la Madre, con licencia obispal en Alcalá de Henares, pero sin autorización eclesiástica en la diócesis de Santander.

Como conclusiones, hemos de resaltar varios puntos:

1.    Los mensajes recibidos presuntamente en Garabandal repiten, en lo general, las advertencias consabidas a la Humanidad que ya surgieron en Fátima y en otras localizaciones. Incluidos los peligros del comunismo, la secularización y el materialismo.

Lo de la “copa rebosando” por los pecados de los hombres, está basado en el libro del Apocalipsis: “Uno de los cuatro vivientes dio a los siete ángeles siete copas de oro llenas de la cólera de Dios, que vive por los siglos de los siglos.” (Ap 15, 7) Por otra parte, la gran ramera (Babilonia) aparece sentada sobre una bestia bermeja, y en su mano una copa de oro, “llena de abominaciones y de las impurezas de su fornicación.” (Ap 17, 4) Es decir, que la copa tanto se colma de pecados e iniquidades, como de la propia ira de Dios, en su rol de vengador justiciero.

2.       En el grupo de videntes había una personalidad proactiva y directora.

3.      A pesar del carácter fabulador de las videntes protagonistas, y del reconocimiento de ciertos ‘’apaños'', cuesta creer que todo aquello pudiera ser simulado durante un espacio de tiempo tan largo (año y medio), en condiciones a veces extremas (oscuridad, lluvia, viento, nieve…) Unas niñas solas no mantienen una comedia de esa envergadura durante tanto tiempo –por muy grande e intensa que fuera la presión social--, salvo que cuenten con la connivencia, el respaldo, e incluso presión, de personas adultas muy cercanas a ellas. El fenómeno puede iniciarse espontáneamente, y ser luego estimulado por los familiares adultos. Los padres de Mari Cruz no eran católicos, ni tampoco creyentes.

4.   Las posiciones de los cuerpos durante los procesos extáticos eran muy forzadas y poco naturales. Asimismo, los ojos dilatados, con escaso o nulo parpadeo, y fijos en un punto en lo alto. A las videntes era imposible sacarlas de esa situación. La única explicación cercana a lo posible sería la hipnosis colectiva, el uso de drogas alucinógenas, o una autosugestión muy profunda y común a las cuatro. Y, en cualquier caso, en algún momento se hubiera notado o percibido. La hipnosis y lo que es aún más plausible, la autosugestión colectiva de raíz histérica, es lo que defiende Juan José Isac en su estudio El misterio de Garabandal (Madrid, Liber Factory, 2017), siempre que haya que optar por un origen psíquico y natural de las continuas visiones.

5.    Hasta hoy, la Iglesia católica no ha reconocido ni el origen sobrenatural de esas visiones, ni ningún hecho milagroso asociado a ellas. Las curaciones obradas por fe en la Virgen del Carmen de Garabandal –alguna ha habido, según se dice-- no han sido constatadas ni validadas por la Iglesia.

6.     Una de las videntes, al menos, declaró de adulta que no hubo nada sobrenatural en Garabandal y que todo fue un fingimiento convenido. Sin embargo, algunos años después, la misma testigo reconoció las visiones en un cuestionario realizado a título privado por la Madre María de las Nieves, quien fue directora del internado burgalés donde se educó Conchita, bajo el nombre de María, para no ser reconocida e instigada por sus compañeras.

7.     Hechos ‘’profetizados’’ por las videntes no se han cumplido (solo tres Papas más para la consumación de los tiempos). Ahora bien, según explicó en mayo de 2000 el entonces cardenal Ratzinger a propósito del Tercer Secreto de Fátima, “la profecía en el sentido de la Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente, lo cual muestra el recto camino hacia el futuro.” Nada está cerrado, todo depende del comportamiento humano. No hay un destino inmutable, porque el ejercicio de la fe, la esperanza y la caridad lo pueden cambiar. Los mensajes marianos se rodean de ciertos elementos cuyo fin último es concienciar en la fe y promover esta, por el bien, determinante y definitivo, de la Humanidad entera.

8.      Jesucristo declaró que su Espíritu, e incluso Él, iban a acompañar a la Humanidad por siempre. Si su Espíritu está con el mundo y obra el bien en el mundo, no se entiende la intervención de personajes que están por debajo de Él en el escalafón divino. La Virgen María, como intercesora y abogada de los hombres ante su Hijo, no aparece en la Historia hasta la Baja Edad Media. Los cistercienses y los templarios fueron quienes enfatizaron ese papel mediador de María, Madre de Dios.

9.       Es cierto que hoy ya parece que no hay nadie a quien salvar –espiritualmente hablando--, porque hoy el concepto de pecado parece que no existe. Es un anacronismo de antes del tecnicismo moderno. No cuenta nada, ni para nada, en las vidas cotidianas de los occidentales.

10.  Los milagros – y en Garabandal no hubo ninguno constatado, salvo el discutible de la sagrada forma aparecida sobre la lengua de Conchita, en plena calle, la madrugada del 19 de julio de 1962—no deben servir de base de la fe. Han servido para asentar el cristianismo, pero no son lo esencial para vivir el cristianismo. El único gran milagro que fortalece el cristianismo como religión –y no como filosofía—es la victoria de Jesucristo sobre la muerte, como reconoció el mismo apóstol San Pablo (‘’si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe'').

11.  En Garabandal no se oyó mentar el mandamiento del amor, que es fuente de la caridad y de la misericordia. De nada sirven las manifestaciones de piedad y de religiosidad exterior si no se tiene y se ejerce el amor al prójimo como a uno mismo.

12.  Las niñas videntes de Garabandal vivían en un ambiente muy tradicionalista, de una piedad católica ortodoxa, quizá no muy bien atendida (ni entendida).

© Antonio Ángel Usábel, julio-diciembre de 2020.

domingo, 30 de abril de 2017

Un mundo paralelo.

El 31 de marzo de 2017 se estrenaba en los cines Cantábrico. Los dominios del oso pardo, un documental firmado y fotografiado por Joaquín Gutiérrez Acha, y producido por Wanda, con la colaboración de RTVE, Movistar + y otras entidades.
Valiéndose de las más modernas técnicas de travelling, entre ellas el uso de silenciosos drones dotados de cámaras de alta definición, Cantábrico nos acerca la hermosísima naturaleza del norte de España, esas montañas divinas, estribaciones de los Picos de Europa, con Brañavieja coronando, donde puso la Creación “auras de libertad, tocas de nieve,/ y la vena del hierro en sus entrañas”.
Gutiérrez Acha nos sube a las blancas cumbres, y nos baja a los musgosos valles, donde gravitan  los “bosques repuestos y sombríos,/ misterioso rumor de hondas y vientos”, apenas trastocados por la mano del hombre. El dominio de las familias de osos pardos, de machos en celo en pos de las hembras, del frágil urogallo, del lobo siempre majestuoso, del armiño codiciado por la antigua realeza, del salmón que vuelve a su charca, del gato montés, del rebeco, del ciervo acosado, de la víbora de seoane… Naturaleza que vive en un mundo paralelo, al margen de la presencia humana. No importa que caigan imperios o se alcen monarquías. Un mundo con sus propias leyes implacables, pero que se afana por respirar aire puro, que sobrevivirá siempre, si le dejan.
Esa naturaleza indómita, ajena a todo humano dictamen, es el mejor legado que podemos dejar a las generaciones futuras: un planeta libre como monumento vivo.
Ineludible el recuerdo del espectador a Félix Rodríguez de la Fuente, El hombre y la tierra: Fauna ibérica. Félix marcó un antes y un después del cine documental de escenarios naturales. No importa que adiestrara a las manadas de lobos y a las aves de presa. En la retina esas narraciones visuales suyas, portentosas y de una belleza efectista. Gutiérrez Acha, con mucha paciencia y solo contando con la suerte, aunque ya con mejores medios de grabación, ha conseguido abrir un amplio mirador a la grandiosidad del monte cántabro, con sus ráfagas que vienen del mar, sus ríos, sus brezos y pastos. Un documental imprescindible, que debería marcar lo que ha de ser el eterno presente de aquella naturaleza.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2017.

sábado, 19 de octubre de 2013

Una amistad adornada por la música.

Voy a traeros la música de Jueves de Boleros, los Sabandeños cántabros. Es, hoy por hoy, el mejor grupo coral de música ligera que tiene la Montaña. Parte de la Tuna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cantabria, en los años ochenta, y cobra forma e identidad a partir del año 1993, cuando se amplía la agrupación, que comienza a reunirse el segundo y cuarto jueves de cada mes en Casa Inés, en Igollo de Camargo, cerca de Santa Cruz de Bezana. Lo que empezaron siendo unas improvisadas veladas musicales después de cada cena, se fue transformando con el tiempo en un proyecto sólido, la idea de actuar conjuntamente sobre un escenario. Jueves de Boleros tiene cuarenta y dos miembros, repartidos por toda la geografía española, de los cuales entre veintidós y veinticinco participan en cada recital. Entre ellos hay médicos, comerciantes, administrativos de banca, policías… Se reúnen, ante todo, para pasarlo bien y hacer vivir la música latina, para llevar su simpatía a los oyentes y espectadores, y convertir el bolero en un sentimiento inmortal.
 
 
Tienen en proyecto grabar su primer álbum discográfico y van a participar, el sábado, 16 de noviembre de 2013, a las 20:30, en el II Festival de Boleros de Santander, en el Centro Cultural Caja Cantabria (C/ Tantín, 25, Santander).
 
El enlace a su interesante página web es: http://www.juevesdeboleros.es


A continuación, os pongo unos vídeos de ellos, sobre unas grabaciones que realicé con motivo de su actuación en el Auditorium de El Sardinero, la noche del 10 de agosto de 2013:
Y no podía faltar, como rendido y eterno homenaje a la ciudad de Santander, la clásica canción que le dedicó Jorge Sepúlveda:
 

viernes, 20 de septiembre de 2013

Pérez Galdós, vecino de Santander.

Este pasado verano, el CDIS (Centro de Documentación de la Imagen de Santander) dedicó una pequeña muestra fotográfica al chalet que se hizo construir don Benito Pérez Galdós (1843-1920) en la curva de la Magdalena, entre el Paseo de la Reina Victoria y la calle que hoy lleva el nombre de nuestro más lúcido y soberbio narrador después de Cervantes.

Para conocer las andanzas del ilustre escritor por la capital cántabra hay que recurrir a los trabajos del cronista oficial, don Benito Madariaga de la Campa. En especial, a dos: Pérez Galdós. Biografía santanderina (Institución Cultural de Cantabria, 1979); y Pérez Galdós en Santander (Librería Estudio, febrero de 2005).
 
El novelista canario visitó por primera vez Santander en el verano de 1871, acompañado de su hermana Concha, soltera, y de su cuñada Magdalena, viuda. Rápidamente, tomó amistad con el narrador de las costumbres montañesas, el conservador José María de Pereda, encantado con tener allí a un colega, que por entonces abandonaba el periodismo y se abría paso en la Literatura. Galdós había escrito para los periódicos y había realizado bocetos ilustrativos para ellos, como las escenas del proceso contra Higinia Balaguer, acusada del crimen de la calle de Fuencarral y ajusticiada en garrote vil. En febrero de 1868, sacaba en La Abeja Montañesa un artículo sobre Rossini, evidente señal de que Santander ya estaba en su pensamiento. Galdós se había estrenado como novelista en 1870 con La Fontana de Oro, un relato de conspiraciones liberales contra el gobierno absolutista y tiránico de Fernando VII. Había dado también por entregas su novela corta La sombra, de matiz neogótico e inspirada por el tema del doble. Durante esa década, alumbraría una serie de novelas de tesis, (“teológicas”, como las tildaba Marcelino Menéndez Pelayo) cuya máxima inquietud residía en el enfrentamiento ideológico a costa de un escaso calado psicológico. Nos estamos refiriendo a Doña Perfecta (1876) y Gloria (1877), principalmente. De ese momento es también su delicado folletín Marianela, ambientado en tierra cántabra, y obra muy querida por su autor. En 1873, Galdós inaugura los Episodios nacionales con Trafalgar. En Santander tenía el novelista mar y montaña, en un clima muy suave y benigno en estío, hasta lluvioso. Su puerto posibilitaba el enlace con otras capitales europeas en los grandes buques de la Compañía Trasatlántica, propiedad del primer marqués de Comillas, don Antonio López, admirador de Galdós (hasta que este se declaró republicano). Entre 1871 y 1890, permanece los veranos Galdós en Santander, a menudo de julio hasta octubre. Pereda es el encargado de buscarle alojamiento en algún hotelito. Allí tiene sus escarceos amorosos más sonados, pues le encanta echar unas canitas al aire junto al Cantábrico. Y nos habla de los lances de otros, como el del rey Amadeo de Saboya con la “Dama de las patillas”, Adela Larra, hija del escritor.
En la década de 1880, justo después de que su hermano Ignacio fuera nombrado gobernador militar de Santander, el pulso de Galdós como novelista progresa y se robustece. Curiosamente, ya no habla de la Montaña, sino de Madrid, en un nuevo estilo que busca más el distanciamiento del personaje y el multiperspectivismo objetivo.  El elocuente cronista de la Villa y Corte habla del impulso irrefrenable de la naturaleza, del fracaso ante él del infundio teológico cristiano, y de la impiedad, la hipocresía y la ingratitud extrema. Son tiempos para La desheredada (1881), Lo prohibido, Fortunata y Jacinta y Miau (1888). En 1890, Galdós se decide a construirse una residencia propia en la ciudad, y compra una parcela, que amplía el año siguiente. Él mismo diseña los planos iniciales de lo que será su chalet, “San Quintín”, que le firma en seguida el arquitecto Casimiro Pérez de la Riva. Las dos primeras hipotecas para iniciar la construcción le suponen tener que devolver 24.000 pesetas de entonces. En 1899, aún solicita otro préstamo por 35.000 más, después de haber satisfecho los primeros. Galdós se financia muy bien con sus nuevos estrenos teatrales, que algunos son adaptaciones de sus novelas.


 
“San Quintín” era un chalet de aire montañés e indiano, construido con piedra, mampostería, ladrillo, hierro forjado y cubierta de teja con armazón de madera. Disponía de sótano, planta baja, y dos alturas. Sobre el tejado dos claraboyas, veleta y pararrayos, y un panel orientado a la bahía con dos leones rampantes y el lema “Plus Ultra”, con fondo azul. En un ángulo de la terraza, la bandera española. En el terreno libre, espacio para huerta y jardín, con pozo y aljibe. En el jardín, un banco de azulejos que es lo único que se conserva, junto al muro original y sendos títulos del nombre de la propiedad, también en azulejo añil. La entrada señorial daba al norte, pero era la que menos se usaba. La de servicio, al sur, al paseo de la bahía por donde pasaba el tren que llegaba al Sardinero.
En la planta baja, estaba el gabinete de trabajo del escritor. Al fondo, un amplio ventanal de vidrios coloreados, sillones de terciopelo rojo, estanterías con abundantes libros y retratos y una maqueta de galeón colgando del techo. Próximo, un cuarto pequeño con vitrinas para sus obras, sus traducciones, y sus manuscritos originales. En esta misma planta de entrada, había un comedor de nogal, la cocina y una galería que daba a la huerta.
En el primer piso, un estudio de dibujo y pintura, con retratos dedicados, fotografías, bronces y armas. Anaqueles de esmerada ebanistería. En su alcoba, una cama discreta de hierro junto a la ventana, con silla y mesita de noche, lavabo, mecedora a los pies, armario ropero y librería. En la cabecera del lecho, un grabado del Cristo de Velázquez.
En el jardín, un pino con horquilla para colgar una hamaca y descansar en ella. Hortensias, madroños, un álamo y un laurel. A los pies de este laurel enterraba Galdós a sus perros. En la huerta, plantaba el autor remolachas, patatas y pimientos. De temperamento flemático y reposado, cierta vez montó en cólera cuando le sirvieron sus propias remolachas adulteradas con azúcar.
Le gustaba experimentar con globos aerostáticos, que soltaba desde el jardín. Odiaba los cohetes y petardos y no los toleraba en su casa. Amaba los animales, y llegó a cuidar allí golondrinas, palomas mensajeras, dos cabras, dos gansos machos (“Rinconete” y “Cortadillo”) y, en sucesivas etapas, sus tres canes: “Polo”, “Titi” y “Canario”.
“Esta casa mía tiene este año cuatro nidos de golondrinas, uno más que el año pasado. En mayo, los malditos pintores que estaban pintando la casa, derribaron dos de los antiguos nidos. Las pobres avecillas tan buenas, leales y consecuentes, no huyeron de este lugar” (Carta a Teodosia Gandarias).
La mansión se habitó en septiembre de 1892, y en octubre Galdós escribió en ella su novela La loca de la casa, que pronto transformó en comedia, pues la escena era más rentable. En “San Quintín” se comenzaron a organizar veladas literarias e intelectuales. Además de sus amigos conservadores –Pereda y Menéndez Pelayo--, Galdós disfrutaba de las visitas de su correligionario José Estrañi, el director liberal de El Cantábrico; de las actrices María Guerrero y Margarita Xirgu; del escritor Amós de Escalante; de los hermanos Álvarez Quintero, comediógrafos; de la novelista y amante suya Emilia Pardo Bazán; del torero “Machaquito” y su hija Rafaelita; de los doctores Madrazo y Marañón (padre e hijo); de políticos como Pablo Iglesias y el conde de Romanones. En “San Quintín” anidaron sus amores con Lorenza Cobián –madre de su única heredera, María, santanderina—y con Concha Morell. Lorenza era modelo de pintores, semianalfabeta y acaso el vaciado para Fortunata. Era una mujer depresiva e inestable, que se suicidó en Madrid en julio de 1906. En cuanto a Concha Morell –molde de Tristana--, se trataba de una republicana radical, fantasiosa y neurótica aspirante a actriz de teatro, fallecida tísica en Monte, a las afueras de Santander, en abril de 1906. Galdós fusiló parte de sus cartas íntimas en el argumento de Tristana. Al menos dos de las amantes del escritor padecían de una fuerte inestabilidad emocional. Él mismo era muy tímido y reservado, callado y observador, en especial con las mujeres. Quizá por eso atrajera más a individuas con dificultades, peculiares y no muy normales. Además veinte o más años más jóvenes que él. El autor canario siempre procuró ayudarlas económicamente, y recomendarlas para los empleos que pretendían. Sin embargo, jamás contempló la opción del matrimonio, pues no creía ni confiaba en un compromiso de larga duración. En este sentido, la actitud francamente despegada hacia las discípulas de su alter ego en Fortunata y Jacinta, don Evaristo Feijoo, ejemplifica a las mil maravillas su relación liberal con el sexo complementario.
Concha Ruth Morell –alias La Rusiña o La Centaura-- es Tristana. Una mujer puesta al cuidado de un protector mucho mayor que ella. Liberal, nada interesada, y con afán de trabajar firme para independizarse. Pudo inspirar también el temperamento imprevisible de Electra. Galdós viajó varias veces con ella, presentándola como su sobrina. Estuvieron juntos en París, País Vasco y Navarra. Cuando visitaba Santander, se quedaba en Astillero. En marzo de 1897, le dio por hacerse judía. A partir de 1904, al amparo de algún convento de acogida santanderino, no se le ocurrió otra cosa que volverse anarquista. Se tildaba a sí misma de “loquilla”, “chiflada” e “histérica”. Galdós rompió con ella, pero le pagaba una casita en Monte, que fue su postrer refugio. Concha, tísica, se despidió con 42 años. Pío Baroja, que no perdía comba a la hora de poder criticar a Galdós, y supo de estos amores y desvaríos, soltó que el canario era un hombre “un poco lioso y hasta trapacero”.


 
A su hija ilegítima María, a la que no reconoció legalmente hasta poco tiempo antes de morir él, reprocha Galdós su amplio desapego hacia su madre Lorenza, casi culpándola de su acabamiento: “Hiciste mal en largarte a las Arriondas dejando a tu madre sola en Madrid. No me extraña que la soledad separada de ti haya acabado de trastornarla, llevándola a un fin tan desgraciado. ¡Pobre Lorenza!” Mas se podría recordar en este caso aquello de “cuántos ven la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio”.
Sin embargo, fue una mujer, a la que Galdós estimaba grandemente, la madrina de sus primeras novelas, la financiera de las primeras ediciones. Era su cuñada viuda doña Magdalena Hurtado de Mendoza, fallecida en Santander el 13 de octubre de 1894. Esta señora le llevó, además, a París en 1867. Y fue, así mismo, otra mujer, la vasca Teodosia Gandarias, la que inició el último viaje a muy pocos días de enterrado el escritor. Trece años de secreta relación. Él murió a los 76 años, ella con 57.
Galdós era un escritor pausado pero disciplinado. Se levantaba a las cinco de la mañana, desayunaba en su despacho, salía a la huerta y daba de comer a los animales. Después entraba y se ponía a escribir, hasta el mediodía. Entonces podía bajar a la playa a darse un baño. Tras la comida volvía a trabajar en sus obras literarias y luego paraba para descansar y recibir visitas en el jardín. Cenaba a las ocho y se acostaba a las nueve y media. En Santander empezó o terminó muchas de sus mejores producciones: Trafalgar, Ángel Guerra, Torquemada en la cruz, Torquemada en el Purgatorio, La de San Quintín, Nazarín, Halma, El abuelo, Electra, El caballero encantado, Celia en los infiernos. Buena parte de los Episodios nacionales (Amadeo I, Prim, Cánovas, etc.) vieron la luz en “San Quintín”.
El 11 de agosto de 1915, don Benito fue recibido por los reyes, Alfonso XIII y Victoria Eugenia en su flamante palacio inglés de La Magdalena, reciente regalo del pueblo de Santander, que costó en su momento (1909) setecientas mil pesetas. Cinco años antes, el escritor ya había firmado manifiestos de signo republicano-socialista. Siendo agnóstico, y no ateo, se había mostrado anticlerical en Amadeo I. Sin embargo, engalanó su chalet y vivió con orgullo esa invitación regia, sobre la cual luego guardó un prudente silencio. La prensa católica más ortodoxa la emprendió en firme contra el antiespañolismo de Galdós, novelista descreído que no representa ni la moral ni el sentir de las arraigadas tradiciones hispanas. Obstaculizaron por cuatro veces su candidatura al Premio Nobel de Literatura, proponiendo y patrocinando en 1912 en su lugar a su buen amigo Marcelino Menéndez Pelayo. Los barcos de la Compañía Trasatlántica habían dejado de hacerle el saludo de ordenanza en su paso frente a su casa, y el marqués de Comillas había retirado todas sus obras de sus bibliotecas de viaje.
El 29 de septiembre de 1917, salía Pérez Galdós para Madrid, en el tren correo, para no regresar jamás a su querida Santander. Había perdido ya la vista, y su situación financiera era más que delicada. Sus obras no rentaban y el novelista no sabía ahorrar. Falleció Galdós, por uremia y hemorragias gástricas, en su piso de Hilarión Eslava de Madrid, el domingo 4 de enero de 1920, a las tres y media de la madrugada. Su capilla ardiente se erigió en el consistorio madrileño, y su cadáver recibió sepultura en el panteón familiar del cementerio de La Almudena.
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Galdós, postrado en Madrid, quería librarse de “San Quintín” aun antes de morir. Ordenó en 1919 a su albacea que iniciara los trámites para la venta. Este fijó un precio inicial de 400.000 ptas. en enero de 1920, fallecido ya su propietario. Diez años después, en 1930, la familia pedía 280.000 ptas., pero en 1936, el inmueble y su legado fueron tasados por técnicos estatales en 250.000 ptas.  Un precio muy alto, de cualquier modo, porque por 400.000 ptas. se vendía un chalet de estilo montañés, de tres plantas, con sistema de calefacción y mansarda, jardín frontal y parcela trasera cultivable, en el año ¡1960! El precio de hoy rondaría entre 0’9 y 1’3 millones de euros, según el estado de conservación. Nos parece que cien mil pesetas por la vivienda hubiera sido un precio más que razonable y generoso hasta 1935-36. Y pongamos otras cien mil más por el contenido de manuscritos, epistolario, pinturas, fotografías y primeras ediciones. Es decir, doscientas mil pesetas de entonces en total. Lo solicitado tanto por el albacea de Galdós como por sus herederos eran precios abusivos y desorbitados. En este aspecto discrepamos de don Benito Madariaga: no fueron las rencillas políticas las que llevaron a no comprar para el municipio o el Ministerio de Instrucción Pública la vivienda del escritor, sino la falta de acuerdo económico. La prueba es que, el 20 de mayo de 1964, y después de largos preparativos desde 1959, el Cabildo Insular de Gran Canaria inauguraba en Las Palmas la Casa Museo de Pérez Galdós, amueblada con parte del mobiliario de su piso de Hilarión Eslava y algunos enseres de “San Quintín”, que la familia había vendido tras la contienda civil. “San Quintín” se vendió a un particular en 1940. Pese a la furibunda oposición del obispo Antonio Pildain, quien incluso se quejó por oficio al Jefe del Estado, el General Francisco Franco, el museo quedó abierto.
Entre tantos dimes y diretes, ¿quién vigiló y cuidó la finca santanderina una vez desaparecido su propietario? Pues Manuel Rubín González, carabinero del cuartelillo de La Magdalena, natural de Peón (Asturias), quien entró al servicio de Galdós en 1899. Rubín, más que un criado, era un amigo más del novelista. Se habían conocido casualmente, cuando el militar se acercaba por allí los veranos a pedir un vaso de agua fresca. Pero este hombre falleció de repente en diciembre de 1929. Se sentó en un banco del vestíbulo, con la cabeza apoyada en el brazo derecho y el manojo de llaves en la mano izquierda. Se olvidó de respirar. Los vecinos lo vieron a través de un cristal, como dormido, inmóvil, con la perra “Nela” quejándose a sus pies. Su alma había subido en uno de esos globos que se lanzaban desde el jardín.
©Antonio Ángel Usábel, septiembre de 2013.