domingo, 30 de abril de 2017

Un mundo paralelo.

El 31 de marzo de 2017 se estrenaba en los cines Cantábrico. Los dominios del oso pardo, un documental firmado y fotografiado por Joaquín Gutiérrez Acha, y producido por Wanda, con la colaboración de RTVE, Movistar + y otras entidades.
Valiéndose de las más modernas técnicas de travelling, entre ellas el uso de silenciosos drones dotados de cámaras de alta definición, Cantábrico nos acerca la hermosísima naturaleza del norte de España, esas montañas divinas, estribaciones de los Picos de Europa, con Brañavieja coronando, donde puso la Creación “auras de libertad, tocas de nieve,/ y la vena del hierro en sus entrañas”.
Gutiérrez Acha nos sube a las blancas cumbres, y nos baja a los musgosos valles, donde gravitan  los “bosques repuestos y sombríos,/ misterioso rumor de hondas y vientos”, apenas trastocados por la mano del hombre. El dominio de las familias de osos pardos, de machos en celo en pos de las hembras, del frágil urogallo, del lobo siempre majestuoso, del armiño codiciado por la antigua realeza, del salmón que vuelve a su charca, del gato montés, del rebeco, del ciervo acosado, de la víbora de seoane… Naturaleza que vive en un mundo paralelo, al margen de la presencia humana. No importa que caigan imperios o se alcen monarquías. Un mundo con sus propias leyes implacables, pero que se afana por respirar aire puro, que sobrevivirá siempre, si le dejan.
Esa naturaleza indómita, ajena a todo humano dictamen, es el mejor legado que podemos dejar a las generaciones futuras: un planeta libre como monumento vivo.
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Ineludible el recuerdo del espectador a Félix Rodríguez de la Fuente, El hombre y la tierra: Fauna ibérica. Félix marcó un antes y un después del cine documental de escenarios naturales. No importa que adiestrara a las manadas de lobos y a las aves de presa. En la retina esas narraciones visuales suyas, portentosas y de una belleza efectista. Gutiérrez Acha, con mucha paciencia y solo contando con la suerte, aunque ya con mejores medios de grabación, ha conseguido abrir un amplio mirador a la grandiosidad del monte cántabro, con sus ráfagas que vienen del mar, sus ríos, sus brezos y pastos. Un documental imprescindible, que debería marcar lo que ha de ser el eterno presente de aquella naturaleza.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2017.

sábado, 19 de octubre de 2013

Una amistad adornada por la música.

Voy a traeros la música de Jueves de Boleros, los Sabandeños cántabros. Es, hoy por hoy, el mejor grupo coral de música ligera que tiene la Montaña. Parte de la Tuna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cantabria, en los años ochenta, y cobra forma e identidad a partir del año 1993, cuando se amplía la agrupación, que comienza a reunirse el segundo y cuarto jueves de cada mes en Casa Inés, en Igollo de Camargo, cerca de Santa Cruz de Bezana. Lo que empezaron siendo unas improvisadas veladas musicales después de cada cena, se fue transformando con el tiempo en un proyecto sólido, la idea de actuar conjuntamente sobre un escenario. Jueves de Boleros tiene cuarenta y dos miembros, repartidos por toda la geografía española, de los cuales entre veintidós y veinticinco participan en cada recital. Entre ellos hay médicos, comerciantes, administrativos de banca, policías… Se reúnen, ante todo, para pasarlo bien y hacer vivir la música latina, para llevar su simpatía a los oyentes y espectadores, y convertir el bolero en un sentimiento inmortal.
 
 
Tienen en proyecto grabar su primer álbum discográfico y van a participar, el sábado, 16 de noviembre de 2013, a las 20:30, en el II Festival de Boleros de Santander, en el Centro Cultural Caja Cantabria (C/ Tantín, 25, Santander).
 
El enlace a su interesante página web es: http://www.juevesdeboleros.es


A continuación, os pongo unos vídeos de ellos, sobre unas grabaciones que realicé con motivo de su actuación en el Auditorium de El Sardinero, la noche del 10 de agosto de 2013:
Y no podía faltar, como rendido y eterno homenaje a la ciudad de Santander, la clásica canción que le dedicó Jorge Sepúlveda:
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viernes, 20 de septiembre de 2013

Pérez Galdós, vecino de Santander.

Este pasado verano, el CDIS (Centro de Documentación de la Imagen de Santander) dedicó una pequeña muestra fotográfica al chalet que se hizo construir don Benito Pérez Galdós (1843-1920) en la curva de la Magdalena, entre el Paseo de la Reina Victoria y la calle que hoy lleva el nombre de nuestro más lúcido y soberbio narrador después de Cervantes.

Para conocer las andanzas del ilustre escritor por la capital cántabra hay que recurrir a los trabajos del cronista oficial, don Benito Madariaga de la Campa. En especial, a dos: Pérez Galdós. Biografía santanderina (Institución Cultural de Cantabria, 1979); y Pérez Galdós en Santander (Librería Estudio, febrero de 2005).
 
El novelista canario visitó por primera vez Santander en el verano de 1871, acompañado de su hermana Concha, soltera, y de su cuñada Magdalena, viuda. Rápidamente, tomó amistad con el narrador de las costumbres montañesas, el conservador José María de Pereda, encantado con tener allí a un colega, que por entonces abandonaba el periodismo y se abría paso en la Literatura. Galdós había escrito para los periódicos y había realizado bocetos ilustrativos para ellos, como las escenas del proceso contra Higinia Balaguer, acusada del crimen de la calle de Fuencarral y ajusticiada en garrote vil. En febrero de 1868, sacaba en La Abeja Montañesa un artículo sobre Rossini, evidente señal de que Santander ya estaba en su pensamiento. Galdós se había estrenado como novelista en 1870 con La Fontana de Oro, un relato de conspiraciones liberales contra el gobierno absolutista y tiránico de Fernando VII. Había dado también por entregas su novela corta La sombra, de matiz neogótico e inspirada por el tema del doble. Durante esa década, alumbraría una serie de novelas de tesis, (“teológicas”, como las tildaba Marcelino Menéndez Pelayo) cuya máxima inquietud residía en el enfrentamiento ideológico a costa de un escaso calado psicológico. Nos estamos refiriendo a Doña Perfecta (1876) y Gloria (1877), principalmente. De ese momento es también su delicado folletín Marianela, ambientado en tierra cántabra, y obra muy querida por su autor. En 1873, Galdós inaugura los Episodios nacionales con Trafalgar. En Santander tenía el novelista mar y montaña, en un clima muy suave y benigno en estío, hasta lluvioso. Su puerto posibilitaba el enlace con otras capitales europeas en los grandes buques de la Compañía Trasatlántica, propiedad del primer marqués de Comillas, don Antonio López, admirador de Galdós (hasta que este se declaró republicano). Entre 1871 y 1890, permanece los veranos Galdós en Santander, a menudo de julio hasta octubre. Pereda es el encargado de buscarle alojamiento en algún hotelito. Allí tiene sus escarceos amorosos más sonados, pues le encanta echar unas canitas al aire junto al Cantábrico. Y nos habla de los lances de otros, como el del rey Amadeo de Saboya con la “Dama de las patillas”, Adela Larra, hija del escritor.
En la década de 1880, justo después de que su hermano Ignacio fuera nombrado gobernador militar de Santander, el pulso de Galdós como novelista progresa y se robustece. Curiosamente, ya no habla de la Montaña, sino de Madrid, en un nuevo estilo que busca más el distanciamiento del personaje y el multiperspectivismo objetivo.  El elocuente cronista de la Villa y Corte habla del impulso irrefrenable de la naturaleza, del fracaso ante él del infundio teológico cristiano, y de la impiedad, la hipocresía y la ingratitud extrema. Son tiempos para La desheredada (1881), Lo prohibido, Fortunata y Jacinta y Miau (1888). En 1890, Galdós se decide a construirse una residencia propia en la ciudad, y compra una parcela, que amplía el año siguiente. Él mismo diseña los planos iniciales de lo que será su chalet, “San Quintín”, que le firma en seguida el arquitecto Casimiro Pérez de la Riva. Las dos primeras hipotecas para iniciar la construcción le suponen tener que devolver 24.000 pesetas de entonces. En 1899, aún solicita otro préstamo por 35.000 más, después de haber satisfecho los primeros. Galdós se financia muy bien con sus nuevos estrenos teatrales, que algunos son adaptaciones de sus novelas.


 
“San Quintín” era un chalet de aire montañés e indiano, construido con piedra, mampostería, ladrillo, hierro forjado y cubierta de teja con armazón de madera. Disponía de sótano, planta baja, y dos alturas. Sobre el tejado dos claraboyas, veleta y pararrayos, y un panel orientado a la bahía con dos leones rampantes y el lema “Plus Ultra”, con fondo azul. En un ángulo de la terraza, la bandera española. En el terreno libre, espacio para huerta y jardín, con pozo y aljibe. En el jardín, un banco de azulejos que es lo único que se conserva, junto al muro original y sendos títulos del nombre de la propiedad, también en azulejo añil. La entrada señorial daba al norte, pero era la que menos se usaba. La de servicio, al sur, al paseo de la bahía por donde pasaba el tren que llegaba al Sardinero.
En la planta baja, estaba el gabinete de trabajo del escritor. Al fondo, un amplio ventanal de vidrios coloreados, sillones de terciopelo rojo, estanterías con abundantes libros y retratos y una maqueta de galeón colgando del techo. Próximo, un cuarto pequeño con vitrinas para sus obras, sus traducciones, y sus manuscritos originales. En esta misma planta de entrada, había un comedor de nogal, la cocina y una galería que daba a la huerta.
En el primer piso, un estudio de dibujo y pintura, con retratos dedicados, fotografías, bronces y armas. Anaqueles de esmerada ebanistería. En su alcoba, una cama discreta de hierro junto a la ventana, con silla y mesita de noche, lavabo, mecedora a los pies, armario ropero y librería. En la cabecera del lecho, un grabado del Cristo de Velázquez.
En el jardín, un pino con horquilla para colgar una hamaca y descansar en ella. Hortensias, madroños, un álamo y un laurel. A los pies de este laurel enterraba Galdós a sus perros. En la huerta, plantaba el autor remolachas, patatas y pimientos. De temperamento flemático y reposado, cierta vez montó en cólera cuando le sirvieron sus propias remolachas adulteradas con azúcar.
Le gustaba experimentar con globos aerostáticos, que soltaba desde el jardín. Odiaba los cohetes y petardos y no los toleraba en su casa. Amaba los animales, y llegó a cuidar allí golondrinas, palomas mensajeras, dos cabras, dos gansos machos (“Rinconete” y “Cortadillo”) y, en sucesivas etapas, sus tres canes: “Polo”, “Titi” y “Canario”.
“Esta casa mía tiene este año cuatro nidos de golondrinas, uno más que el año pasado. En mayo, los malditos pintores que estaban pintando la casa, derribaron dos de los antiguos nidos. Las pobres avecillas tan buenas, leales y consecuentes, no huyeron de este lugar” (Carta a Teodosia Gandarias).
La mansión se habitó en septiembre de 1892, y en octubre Galdós escribió en ella su novela La loca de la casa, que pronto transformó en comedia, pues la escena era más rentable. En “San Quintín” se comenzaron a organizar veladas literarias e intelectuales. Además de sus amigos conservadores –Pereda y Menéndez Pelayo--, Galdós disfrutaba de las visitas de su correligionario José Estrañi, el director liberal de El Cantábrico; de las actrices María Guerrero y Margarita Xirgu; del escritor Amós de Escalante; de los hermanos Álvarez Quintero, comediógrafos; de la novelista y amante suya Emilia Pardo Bazán; del torero “Machaquito” y su hija Rafaelita; de los doctores Madrazo y Marañón (padre e hijo); de políticos como Pablo Iglesias y el conde de Romanones. En “San Quintín” anidaron sus amores con Lorenza Cobián –madre de su única heredera, María, santanderina—y con Concha Morell. Lorenza era modelo de pintores, semianalfabeta y acaso el vaciado para Fortunata. Era una mujer depresiva e inestable, que se suicidó en Madrid en julio de 1906. En cuanto a Concha Morell –molde de Tristana--, se trataba de una republicana radical, fantasiosa y neurótica aspirante a actriz de teatro, fallecida tísica en Monte, a las afueras de Santander, en abril de 1906. Galdós fusiló parte de sus cartas íntimas en el argumento de Tristana. Al menos dos de las amantes del escritor padecían de una fuerte inestabilidad emocional. Él mismo era muy tímido y reservado, callado y observador, en especial con las mujeres. Quizá por eso atrajera más a individuas con dificultades, peculiares y no muy normales. Además veinte o más años más jóvenes que él. El autor canario siempre procuró ayudarlas económicamente, y recomendarlas para los empleos que pretendían. Sin embargo, jamás contempló la opción del matrimonio, pues no creía ni confiaba en un compromiso de larga duración. En este sentido, la actitud francamente despegada hacia las discípulas de su alter ego en Fortunata y Jacinta, don Evaristo Feijoo, ejemplifica a las mil maravillas su relación liberal con el sexo complementario.
Concha Ruth Morell –alias La Rusiña o La Centaura-- es Tristana. Una mujer puesta al cuidado de un protector mucho mayor que ella. Liberal, nada interesada, y con afán de trabajar firme para independizarse. Pudo inspirar también el temperamento imprevisible de Electra. Galdós viajó varias veces con ella, presentándola como su sobrina. Estuvieron juntos en París, País Vasco y Navarra. Cuando visitaba Santander, se quedaba en Astillero. En marzo de 1897, le dio por hacerse judía. A partir de 1904, al amparo de algún convento de acogida santanderino, no se le ocurrió otra cosa que volverse anarquista. Se tildaba a sí misma de “loquilla”, “chiflada” e “histérica”. Galdós rompió con ella, pero le pagaba una casita en Monte, que fue su postrer refugio. Concha, tísica, se despidió con 42 años. Pío Baroja, que no perdía comba a la hora de poder criticar a Galdós, y supo de estos amores y desvaríos, soltó que el canario era un hombre “un poco lioso y hasta trapacero”.


 
A su hija ilegítima María, a la que no reconoció legalmente hasta poco tiempo antes de morir él, reprocha Galdós su amplio desapego hacia su madre Lorenza, casi culpándola de su acabamiento: “Hiciste mal en largarte a las Arriondas dejando a tu madre sola en Madrid. No me extraña que la soledad separada de ti haya acabado de trastornarla, llevándola a un fin tan desgraciado. ¡Pobre Lorenza!” Mas se podría recordar en este caso aquello de “cuántos ven la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio”.
Sin embargo, fue una mujer, a la que Galdós estimaba grandemente, la madrina de sus primeras novelas, la financiera de las primeras ediciones. Era su cuñada viuda doña Magdalena Hurtado de Mendoza, fallecida en Santander el 13 de octubre de 1894. Esta señora le llevó, además, a París en 1867. Y fue, así mismo, otra mujer, la vasca Teodosia Gandarias, la que inició el último viaje a muy pocos días de enterrado el escritor. Trece años de secreta relación. Él murió a los 76 años, ella con 57.
Galdós era un escritor pausado pero disciplinado. Se levantaba a las cinco de la mañana, desayunaba en su despacho, salía a la huerta y daba de comer a los animales. Después entraba y se ponía a escribir, hasta el mediodía. Entonces podía bajar a la playa a darse un baño. Tras la comida volvía a trabajar en sus obras literarias y luego paraba para descansar y recibir visitas en el jardín. Cenaba a las ocho y se acostaba a las nueve y media. En Santander empezó o terminó muchas de sus mejores producciones: Trafalgar, Ángel Guerra, Torquemada en la cruz, Torquemada en el Purgatorio, La de San Quintín, Nazarín, Halma, El abuelo, Electra, El caballero encantado, Celia en los infiernos. Buena parte de los Episodios nacionales (Amadeo I, Prim, Cánovas, etc.) vieron la luz en “San Quintín”.
El 11 de agosto de 1915, don Benito fue recibido por los reyes, Alfonso XIII y Victoria Eugenia en su flamante palacio inglés de La Magdalena, reciente regalo del pueblo de Santander, que costó en su momento (1909) setecientas mil pesetas. Cinco años antes, el escritor ya había firmado manifiestos de signo republicano-socialista. Siendo agnóstico, y no ateo, se había mostrado anticlerical en Amadeo I. Sin embargo, engalanó su chalet y vivió con orgullo esa invitación regia, sobre la cual luego guardó un prudente silencio. La prensa católica más ortodoxa la emprendió en firme contra el antiespañolismo de Galdós, novelista descreído que no representa ni la moral ni el sentir de las arraigadas tradiciones hispanas. Obstaculizaron por cuatro veces su candidatura al Premio Nobel de Literatura, proponiendo y patrocinando en 1912 en su lugar a su buen amigo Marcelino Menéndez Pelayo. Los barcos de la Compañía Trasatlántica habían dejado de hacerle el saludo de ordenanza en su paso frente a su casa, y el marqués de Comillas había retirado todas sus obras de sus bibliotecas de viaje.
El 29 de septiembre de 1917, salía Pérez Galdós para Madrid, en el tren correo, para no regresar jamás a su querida Santander. Había perdido ya la vista, y su situación financiera era más que delicada. Sus obras no rentaban y el novelista no sabía ahorrar. Falleció Galdós, por uremia y hemorragias gástricas, en su piso de Hilarión Eslava de Madrid, el domingo 4 de enero de 1920, a las tres y media de la madrugada. Su capilla ardiente se erigió en el consistorio madrileño, y su cadáver recibió sepultura en el panteón familiar del cementerio de La Almudena.
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Galdós, postrado en Madrid, quería librarse de “San Quintín” aun antes de morir. Ordenó en 1919 a su albacea que iniciara los trámites para la venta. Este fijó un precio inicial de 400.000 ptas. en enero de 1920, fallecido ya su propietario. Diez años después, en 1930, la familia pedía 280.000 ptas., pero en 1936, el inmueble y su legado fueron tasados por técnicos estatales en 250.000 ptas.  Un precio muy alto, de cualquier modo, porque por 400.000 ptas. se vendía un chalet de estilo montañés, de tres plantas, con sistema de calefacción y mansarda, jardín frontal y parcela trasera cultivable, en el año ¡1960! El precio de hoy rondaría entre 0’9 y 1’3 millones de euros, según el estado de conservación. Nos parece que cien mil pesetas por la vivienda hubiera sido un precio más que razonable y generoso hasta 1935-36. Y pongamos otras cien mil más por el contenido de manuscritos, epistolario, pinturas, fotografías y primeras ediciones. Es decir, doscientas mil pesetas de entonces en total. Lo solicitado tanto por el albacea de Galdós como por sus herederos eran precios abusivos y desorbitados. En este aspecto discrepamos de don Benito Madariaga: no fueron las rencillas políticas las que llevaron a no comprar para el municipio o el Ministerio de Instrucción Pública la vivienda del escritor, sino la falta de acuerdo económico. La prueba es que, el 20 de mayo de 1964, y después de largos preparativos desde 1959, el Cabildo Insular de Gran Canaria inauguraba en Las Palmas la Casa Museo de Pérez Galdós, amueblada con parte del mobiliario de su piso de Hilarión Eslava y algunos enseres de “San Quintín”, que la familia había vendido tras la contienda civil. “San Quintín” se vendió a un particular en 1940. Pese a la furibunda oposición del obispo Antonio Pildain, quien incluso se quejó por oficio al Jefe del Estado, el General Francisco Franco, el museo quedó abierto.
Entre tantos dimes y diretes, ¿quién vigiló y cuidó la finca santanderina una vez desaparecido su propietario? Pues Manuel Rubín González, carabinero del cuartelillo de La Magdalena, natural de Peón (Asturias), quien entró al servicio de Galdós en 1899. Rubín, más que un criado, era un amigo más del novelista. Se habían conocido casualmente, cuando el militar se acercaba por allí los veranos a pedir un vaso de agua fresca. Pero este hombre falleció de repente en diciembre de 1929. Se sentó en un banco del vestíbulo, con la cabeza apoyada en el brazo derecho y el manojo de llaves en la mano izquierda. Se olvidó de respirar. Los vecinos lo vieron a través de un cristal, como dormido, inmóvil, con la perra “Nela” quejándose a sus pies. Su alma había subido en uno de esos globos que se lanzaban desde el jardín.
©Antonio Ángel Usábel, septiembre de 2013.
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domingo, 8 de septiembre de 2013

Ataúlfo Argenta (1913-1958), una batuta centenaria.

Este es el título de la exposición fotográfica que se ha podido ver, a cielo abierto, en la Plaza Porticada de Santander, dedicada a la figura del genial director de orquesta y pianista cántabro. La muestra ha sido comisionada por el periodista y escritor Jesús Ruiz Mantilla, autor también del breve opúsculo biográfico que entregaba gratuitamente el FIS en su Palacio de Festivales. La iniciativa parte de Acción Cultural Española (www.accioncultural.es) y ha sido refrendada por el FIS y los Ayuntamientos de Santander y Castro Urdiales, no así por el Festival Internacional de Granada, que ha preferido mantenerse distante y al margen de esta conmemoración.
 
De niño yo cogía una caja de tabacos a manera de tarima, y una cerilla larga o una varilla de caja de zapatos, como batuta, y me ponía a dirigir mi orquesta particular. Mi abuelo me veía y exclamaba: “¡Argenta, Argenta!” Las audiciones en el Sardinero de la banda municipal de música completaban la ilusión por emular a un gran artista.
Ataúlfo Argenta. Argenta a secas. Basta oír ese apellido para identificar al más universal director de orquesta español de nuestra historia musical. El Festival Internacional de Santander le debe su existencia, pues fue quien se empeñó con afán en convencer a las autoridades para que una orquesta nacional tocara en un lugar de paso público, la Porticada. Entre el 1 de agosto y el diez del mismo mes de 1953, hace ahora sesenta años, Argenta dirigió con gloria en aquel teatro portátil de madera las nueve sinfonías de Beethoven; el éxito fue clamoroso, sobrecogedor: cinco mil espectadores le rindieron doce minutos de aplausos y vítores el último día, y el nueve el gobernador civil le regaló, en nombre del FIS y del pueblo de Santander, una batuta de plata, oro y brillantes, hoy expuesta en el vestíbulo del Palacio de Festivales. Por primera vez en España la música clásica, la música seria, se hacía popular, y a la vez, la música popular de la zarzuela y del pasodoble alzaba el vuelo y cobraba relieve y categoría de la mano de Argenta. Fue una simbiosis colosal, magnífica, que acaso hasta la fecha solo haya repetido otro director de talento, Rafael Frübeck de Burgos.
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Ataúlfo Exuperio Martín de Argenta Maza tuvo orígenes humildes: nació en Castro Urdiales, en el nº 5 de la calle José María de Pereda, hace cien años, el 19 de noviembre de 1913, hijo del jefe de estación local, Juan Martín de Argenta, viudo, casado en segundas nupcias con Laura Maza Angulo. Juan Martín era enjuto y espigado, un fanático vegetariano. Ataúlfo iba a heredar esa estampa alargada, de más de metro ochenta, hombros altos, y brazos y manos estirados. Fue un crío serio y tímido, que se abría a la vida en cuanto tomaba confianza. Su padre era aficionado a Bach, y al ver ciertas aptitudes musicales en su hijo lo pone al cuidado de Justa Blanco Meiro, profesora de música, y de Vicente Aznar, pescador, quien le forma en violín y viola. El Círculo Católico de Castro se hace cargo de la preparación del pequeño Ata y con Julio Martínez, capitán del hospital de la villa, estudia piano, solfeo y violín.


 En 1925, con doce años, ofrece Ata su primer concierto público, interpretando piezas de Albéniz, Chopin, Rossini, Sydney  Smith y Antonio Nogués. Los domingos, por una peseta de sueldo, ponía acompañamiento al piano a las películas mudas que proyectaban en Castro. Dos años después, en otoño, Ata y su familia toman el tren para Madrid; el padre quería un buen futuro para su hijo. Argenta es aceptado en el Real Conservatorio de Música, donde se examina por libre de tres cursos de piano, tres de solfeo y dos de violín. El profesor Manuel Fernández Alberdi es su mentor y con él completa la carrera de piano en 1930 con premio extraordinario. Ayuda a prepararse Ata para los exámenes finales a su novia, Juanita Pallarés Guisasola, una joven pianista a quien había conocido en un grupo coral. A la vez, Argenta se presenta al Premio de piano Cristina Nilsson, lo gana y se lleva un piano de cola a casa. Pero tiene que venderlo al morir su padre, en enero de 1931. Su familia pasa por dificultades económicas; su madre trabaja de costurera, y Ata pide empleo en las oficinas de los Ferrocarriles del Estado. Mientras, toca los fines de semana en los merenderos de Cuatro Caminos.
Tras una corta estancia en Bélgica, el 2 de marzo de 1934 debuta como director al frente de la Orquesta Asociación de Estudiantes del Conservatorio de Madrid, con obras de Schubert, sobre el escenario del María Guerrero. Ataúlfo tenía veinte años. Los veranos toca para el público del casino de Los Molinos y del balneario de Mondariz (Pontevedra). El estallido de la Guerra Civil le pilla en zona sublevada y se ve obligado a alistarse. Es cabo de Transmisiones. Enferma de tifus y está a punto de ser fusilado por desertor cuando acude a dar un concierto a Segovia. Es aquí donde se casa con Juanita, el 13 de octubre de 1937. En noviembre de 1938, nace Ana María, su primera hija. Su segundo hijo, Enrique, fallece a los pocos días de nacer, nada más acabar la guerra.
En 1940, el pianista austriaco Winfried Wolf le oye tocar en el Teatro Español y le invita a ir becado a Alemania. Son los días de Hitler, el Reich y el nazismo. Ataúlfo no le hace ascos, y fija su residencia en Postdam, estudia con Wilhelm Furtwägler y con Wolf, y ofrece recitales y conciertos. Perfecciona su técnica con Carl Schuricht. Ata llega a desempeñar el puesto de catedrático de piano en el conservatorio de Kassel. Convoca a su esposa y a sus dos hijos para que acudan junto a él. Cuando Alemania comienza a desmoronarse bajo los bombardeos aliados, la familia regresa a España, vía París.
Por mediación del crítico musical Antonio Fernández-Cid, Argenta se entera antes que nadie del proyecto de fundar la Orquesta de Cámara de RNE, y con sus antiguos camaradas de conservatorio prepara el concurso. Se lo lleva y dirige la nueva formación. Cada semana daba dos conciertos con distinto programa, y ensayaba duramente los días previos. Ataúlfo se presenta a la plaza de piano de la Orquesta Nacional y la logra por oposición. Al mismo tiempo, crea la Orquesta de Cámara de Madrid, de la que es director sin retribución. En junio de 1945, nace su único hijo varón vivo, Fernando. La Orquesta de RNE es disuelta por problemas laborales. Argenta se plantea abandonar el oficio, aunque sigue dando conciertos de piano. Pero, en enero de 1947, y después de alguna exitosa suplencia del titular, Argenta es nombrado, junto a Bartolomé Pérez Casas, director de la Orquesta Nacional de España. Ataúlfo es riguroso, exacto, autoritario, exigente. Se especializa en las difíciles sinfonías de Brahms.
En junio de 1948, dirige a la Sinfónica de Londres, acompañado al piano por el maestro José Iturbi. Se interpreta, entre otros, a Guridi, sus Melodías vascas. En mayo de 1950, en París, Ata ofrece de propina La Revoltosa. Narciso Yepes ejecuta el Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo.
A partir de 1950, se crean los Festivales Internacionales de Granada y Santander. En la Plaza Porticada y en el patio del Palacio de Carlos V, cosechó Argenta sonoros y apoteósicos triunfos al frente de la Orquesta Nacional de España. En 1955, el director enferma de gravedad, de tuberculosis, y es sometido a cura en el Sanatorio Tablada de la Sierra de Madrid. Regresa a la dirección en abril de 1956. Junto con Sergiu Celibidache, Leonard Bernstein, y Herbert von Karajan, Argenta es uno de los directores señeros del panorama musical mundial. Su último concierto internacional llegó en noviembre de 1957, en París, al dirigir el Réquiem de Brahms. El evento fue radiado, y el genio estaba acompañado por el Orfeón Donostiarra y la soprano Pilar Lorengar. La última aparición pública del director fue el 19 de enero de 1958 en el Monumental Cinema de Madrid, interpretando El Mesías, de Haendel.
Ataúlfo Argenta falleció intoxicado por monóxido de carbono la mañana del martes 21 de enero de 1958. Tenía 44 años. El cuerpo fue rescatado del vehículo a las once, por un obrero de la empresa que hacía trabajos de reforma en su chalet de Los Molinos. Según se dijo entonces, había llegado allí la noche antes, acompañado de Sylvie Mercier, una muchacha suiza, alumna suya de piano. Ambos se metieron en el garaje, en el Austin de Argenta, con la ventana y la puerta de madera cerradas. La calefacción y los gases del motor los intoxicaron a ambos. La mujer pidió ayuda tocando la bocina del coche. La puerta del garaje estaba atrancada por la nieve caída. La Guardia Civil pronto llegó al lugar. Aficionado a los coches de alta gama, ¿cómo cometió el error de encerrarse con otra persona en un espacio reducido y con el motor y la calefacción en marcha? Por otra parte, alguien que ha luchado tanto y tan duro en la vida, ¿cómo se deja llevar por tamaño descuido?
La autopsia se realizó a las nueve de la mañana del miércoles 22 de enero, en el depósito de cadáveres de Los Molinos, a cargo del Dr. Luis Mariño. La causa de la muerte: hemoptisis y parada cardíaca. Según la información publicada en caliente por ABC, el albañil encontró la puerta del garaje abierta y al director, fallecido, dentro del coche. Nada de una mujer acompañante.
Se sucedieron los homenajes y las muestras de condolencia nacionales e internacionales. La Filarmónica de Viena suspendió los conciertos que tenía programados con él. La Orquesta Suisse Romande apadrinó a su hijo Fernando, costeándole los estudios hasta la mayoría de edad. A su viuda Juanita le quedó una reducida pensión de 800 pesetas.
Ataúlfo Argenta era apuesto y exitoso con el público femenino. Él no parecía desdeñar ciertas aventuras: “Cuando se hizo famoso las mujeres le seguían” (Eduardo Hernández Asiain, violinista e íntimo amigo). Sencillo, tertuliano, impulsivo, irreflexivo a veces; simpático con sus amigos, generoso, solidario. En 1957, donó su batuta de brillantes para paliar los efectos de unas inundaciones en Valencia; la batuta fue comprada por Radio Juventud de Murcia por 50.000 pesetas, y “rescatada” luego por suscripción popular por el pueblo santanderino, quien la retornó a sus hijos. Dotado de buena memoria, Argenta dirigía sin partitura a sus autores favoritos. Temperamental en el trabajo, enamorado de la pesca en Castro, del fútbol, de los buenos coches, del cine y de la fotografía. Popularizó la música clásica y engrandeció la música española, en especial la zarzuela. Junto a su amigo, el crítico de ABC Antonio Fernández-Cid, inició en el seminario de Corbán, cerca de Santander, a finales de los cuarenta, una serie de encuentros musicales que derivarían pronto en dos grandes festivales internacionales, de los que se beneficiarían también otros artistas de talento destacado, como el bailarín Antonio.
En agosto de 2013, el consistorio de Santander acordó dedicar a la memoria del director la calle de General Mola, que pasará a llamarse de Ataúlfo Argenta.
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Ataúlfo Argenta fue un hombre humilde hecho a sí mismo, con el beneplácito de dos dictaduras, la de Hitler en Alemania, y la de Franco en España. Sin embargo, fue un profesional querido, requerido y respetado después de la S.G.M. por países como Gran Bretaña, Suiza y Francia. Comparte con otro gran maestro, el pianista y director valenciano José Iturbi Báguena, ciertos rasgos coincidentes: Iturbi era hijo de un encendedor de farolas, trabajó como pianista de cine mudo, y ofreció una gira de conciertos benéficos para socorrer la riada valenciana de 1957. Pero dos días antes del nacimiento de Argenta en Castro Urdiales, Iturbi ya recogía éxitos como concertista en Bilbao y París. A diferencia de Argenta, que se fue a estudiar y a trabajar a Alemania bajo el nazismo, Iturbi marchó a Estados Unidos, donde prosiguió su carrera musical. Iturbi vivió entre Valencia y Los Ángeles, ciudad donde murió en junio de 1980.
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“¿Por qué tanta prisa en llegar a la dirección? Para ello es necesario una sólida preparación no solamente de composición, sino haciendo también un estudio profundo de algún instrumento… el estudio de la interpretación en la literatura escrita… tocar música de cámara… actuar si es posible en orquestas sinfónicas, y oír, oír… Esta es la preparación mejor para la dirección de orquesta.” (Ataúlfo Argenta, “La formación del Director de Orquesta”)
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[BIBLIOGRAFÍA: Ataúlfo Argenta. 100 años del nacimiento de un maestro, de Fernando Sastre Allegue, Santander, Ediciones Tantín, 2013.
Argenta, una batuta centenaria, por Jesús Ruiz Mantilla, folleto editado por Acción Cultural Española, 2013. Ver este folleto.]