jueves, 5 de marzo de 2026

Río de la Pila, biografía de un barrio.

El Río de la Pila es una de las zonas más céntricas y emblemáticas de la ciudad de Santander. Su historia merecía contarse. Y, para ello, D. Ángel López González, vecino del barrio durante muchos años, ha tenido la excelente iniciativa de escribir un libro sobre él. Se titula Río de la Pila. Ritmo de libertad (Santander, Ediciones Tantín, 2025). Es probable que lo de “ritmo” venga sugerido por el famoso Drink Club de los hermanos Calderón, un local –antigua carbonería-- en el número 23, dedicado a la música de jazz, que todavía existe, pero que ha pasado por bastantes altibajos.

En esta biografía del barrio se pueden ver reflejadas desde la generación de la posguerra, hasta las que vinieron después, de las décadas del sesenta y setenta del pasado siglo, pues las actividades, los juegos y muchas circunstancias fueron, en toda España, muy similares. Los cromos, las canicas, jugar al pañuelo o al burro, imaginar que una caja de cartón es cualquier otra cosa, tirar petardos y disparar pistolas de pistones, leer los tebeos de Capitán Trueno, El Guerrero del Antifaz, El Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, o jugar al fútbol en un parque o en la calle, lo hemos hecho muchos, de una u otra manera. Es así que nos sentimos muy familiarizados con esas experiencias. Este es un texto no solo sobre un barrio de Santander en concreto, sino de la forma de vivir la niñez, la adolescencia y la juventud en casi todos los lugares del país, al menos por un extenso periodo de unos cuarenta y cinco años.

Su autor demuestra tener una memoria prodigiosa para transmitir los recuerdos de situaciones vividas, describiendo puntualmente a cada vecino destacable del barrio, su aspecto, cómo vestía, cómo se comportaba, en qué trabajaba y dónde residía. De niño, D. Ángel era muy observador, y estaba al cuidado de los detalles. Nos habla del barrio calle por calle, y casa por casa.

Descuellan dos edificios que otorgaron gran prestigio al Río de la Pila: la bodega de El Riojano, y el emblemático Teatro Pereda, de tan triste suerte y escasa andadura. El Riojano ocupa el número 5 de la calle principal. Con su gran barra de unos siete metros y sus toneles decorados con pinturas, tuvo su origen en la recalada en la villa de un frutero de Autol, D. Vítores Merino Rubio, que montó su segundo negocio junto a una fábrica de lejía, donde se despachaban hortalizas y vino a granel. Tras el aparatoso y dañino incendio de 1941, D. Vítores consiguió el permiso para servir vino en su tienda. Generalmente, acompañado de un puñado de cacahuetes como tapa. El negocio lo consolidaron y acrecentaron sus hijos, desterrando las hortalizas y especializándose en restauración. Con el tiempo, atrajo a turistas que venían en sus buenos coches, o en motos de gran cilindrada, los cuales deslumbraban a los chavales del barrio.

Imagen del Teatro Pereda desde la calle Martillo.

En el número 2 de la calle se levantaba el Teatro Pereda, edificado en 1919 sobre lo que fue primero casa de baños, y después casino. Contaba con tres plantas, con acceso por tres arcos de medio punto. La taquilla se emplazaba en el vestíbulo, y a lo más alto, el “gallinero”, se accedía por una puerta lateral. El autor no lo relata, pero fue un edificio especialmente dotado para la música coral, con una excelente acústica, además de una imponente y muy bella decoración interior. Las partituras para las óperas y los conciertos se traían de Bilbao; se encargaba de ello mi abuelo paterno, D. Antonio Matías Usábel Aretio-Aurtena, que era natural de Vitoria, y fue jefe de correspondencia del Banco Hispanoamericano en Santander. Por su parte, mi padre, D. Antonio Usábel Muñoz, mantuvo amistad con D. Juan Carlos Calderón, eminente compositor, promotor del grupo Mocedades, e incondicional en su Drink Club. El destino del Pereda se selló en 1966, cuando cayó bajo la piqueta, tras solo cuarenta y siete años de actividad. La ciudad perdió un gran teatro, uno de los mejores de nuestra nación.

Otro de los negocios de mayor lustre en el Río de la Pila era el garaje Royano, aparcamiento de coches y de alquiler de vehículos. Muy amplio, ocupaba los bajos de una casa. Y, por supuesto, el bar Cantabria, de Terio y Ernesto Vallejo, con sus jamones y lomos de Grijuelo pendiendo sobre la larga barra, y el altillo-comedor para unas pocas mesas.

La arteria principal hasta tenía una casa, la del número 9, reservada al oficio más antiguo del mundo, indispensable a toda república bien ordenada, a señalamiento de Cervantes.

Los oficios eran variados: carboneros, colchoneros, barberos, afiladores, limpiabotas, zapateros, deshollinadores, lecheros, mecánicos, carpinteros, marineros, guardias, obreros, pescadores y pescaderas, etc. Refiere el autor que los colchoneros se encargaban de vaciar los colchones de lana, que se quedaba viciada y apelmazada, y había que aderezarla, alisarla y separarla a base de golpes con una vara que zumbaba en el aire. Luego se reponía en su lugar y se volvía a coser el colchón.

Los chavales formaban pequeñas bandas que se zurraban en las “urrias”; tras las peleas, que dejaban sus magulladuras y sus desperfectos en el atuendo, todos tan amigos, y a disputar un partido mientras se tomaba el bocadillo de la merienda.

El calzado se remendaba, y las ropas se heredaban; el uniforme de primera comunión, si era con chaqueta gris, se usaba los domingos, como prenda distinguida. El ante no lo podía llevar todo el mundo, y los tejanos o vaqueros --inaccesibles al principio--, solucionaron el problema del desgaste, al ser resistentes y con generosos bolsillos para portar de todo: “Era un espectáculo cuando uno llegaba a casa y antes de lavarse las manos había que vaciar los bolsillos, era un tiempo que se hacía interminable, quizá por la parsimonia, el vaciado de bolsillos ocupaba toda una mesa de cocina. Generalmente traíamos más cosa que las que llevábamos, como algún trozo de escayola del tamaño de la mano, que resultaba más cómodo para pintar, algún cristal de colores, más chapas, una tira de tracamacas, más cromos, un cuchillo roto, programas de películas, algún frasco de penicilina vacío, y algunas castañas de regalo, y como todavía no fumábamos no había tabaco y cerillas. Todo sobre la mesa parecía la exposición de productos de una redada policial” (v. p. 176).

Sobre las costumbres de aseo y de limpieza, además de hablar del jabón Chimbo o Lagarto, del orinal y palangana, de las cuchillas y la espuma de afeitar, se menciona la arena fina de playa para pulir las superficies de madera. Esta se adquiría al peso en las carbonerías, y se recogía en los alrededores de la Virgen del Mar, la Maruca o Liencres.

Las lecturas baratas se adquirían y se revendían en un puesto del barrio, el de Andrés Moreno; a menudo, novelas de Corín Tellado, o Marcial Lafuente Estefanía. A una señora que no sabía leer, sus hijos le leían cada noche un capítulo de algún clásico, como El Conde de Montecristo, La isla del tesoro, El retrato de Dorian Gray, La Divina Comedia, etc. El fútbol se escuchaba en la radio y se comentaba en los bares, que eran el club social.

Entre los solares, taludes y naves abandonadas, muchos perros y gatos sin dueño, y camadas de ratas vigorosas.

Se aprende del libro que Santander, en sus tiempos antiguos, produjo mucha uva chacolí, en los campos que iban de El Sardinero a Soto de la Marina. Una plaga terminó con ese esplendor a mediados del s. XIX.

En el barrio se vivía la solidaridad: se dejaba a deber, en confianza, a los tenderos, hasta la próxima paga. Aunque también había su clasismo: las muchachas de servicio vivían en La Albericia (Poblado José Antonio Canda Landáburu), en cinco filas de casas unifamiliares, similares a chabolas y sin agua corriente. La gente que las habitaba había perdido su hogar en el incendio del 41. Disponía de un comedor social, para necesitados. El autor tenía un amigo que vivía allí, al cual dejaba sus revólveres de juguete y regalaba sus tebeos. “Le preguntábamos qué comía en el comedor social y él con mucha gracia cantaba, con rima, los menús de dicha abundante comida, con el gesto negativo de su madre, por lo que deducíamos que se lo inventaba, pues incluía pollo, alimento solo para las clases más elevadas” (v. p. 135).

El cine era el de Hollywood, con héroes que solían triunfar, y villanos derrotados. Era un recurso de moral, o, como dice el autor, “escuela de valores”, porque “el bien vencía siempre al mal mediante la lealtad, el sacrificio, la abnegación, la generosidad, la valentía, el arrojo, la disciplina. Todo muy formativo” (v. p. 163).

Sus referencias al cine le sirven a D. Ángel para caracterizar a personas del barrio, y los errores que comete (como sus nombres se pronunciaban entonces) resultan enternecedores, y dan más “sabor de época” a lo expuesto. Así, una señora se daba “un aire a lo Lesley Carol”, o se copiaba el bigote de “Gar Gable”, o se contaba una caza de ballenas como en una película de “Stewart Wrangler”.

Un libro muy sincero, ameno, escrito con holgada llaneza, para disfrutar y guardar con cariño, como fiel testimonio de una forma de vida y de vecindad, y un balcón abierto a la ciudad de Santander.

Antonio Ángel Usábel, marzo de 2026.

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