En esta biografía del barrio se
pueden ver reflejadas desde la generación de la posguerra, hasta las que
vinieron después, de las décadas del sesenta y setenta del pasado siglo, pues
las actividades, los juegos y muchas circunstancias fueron, en toda España, muy
similares. Los cromos, las canicas, jugar al pañuelo o al burro, imaginar que
una caja de cartón es cualquier otra cosa, tirar petardos y disparar pistolas
de pistones, leer los tebeos de Capitán Trueno, El Guerrero del Antifaz, El
Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, o jugar al fútbol en un parque o en la calle,
lo hemos hecho muchos, de una u otra manera. Es así que nos sentimos muy
familiarizados con esas experiencias. Este es un texto no solo sobre un barrio
de Santander en concreto, sino de la forma de vivir la niñez, la adolescencia y
la juventud en casi todos los lugares del país, al menos por un extenso periodo
de unos cuarenta y cinco años.
Su autor demuestra tener una memoria prodigiosa para transmitir los recuerdos de situaciones vividas, describiendo puntualmente a cada vecino destacable del barrio, su aspecto, cómo vestía, cómo se comportaba, en qué trabajaba y dónde residía. De niño, D. Ángel era muy observador, y estaba al cuidado de los detalles. Nos habla del barrio calle por calle, y casa por casa.
Descuellan dos edificios que
otorgaron gran prestigio al Río de la Pila: la bodega de El Riojano, y el
emblemático Teatro Pereda, de tan triste suerte y escasa andadura. El Riojano
ocupa el número 5 de la calle principal. Con su gran barra de unos siete metros
y sus toneles decorados con pinturas, tuvo su origen en la recalada en la villa
de un frutero de Autol, D. Vítores Merino Rubio, que montó su segundo negocio
junto a una fábrica de lejía, donde se despachaban hortalizas y vino a granel.
Tras el aparatoso y dañino incendio de 1941, D. Vítores consiguió el permiso
para servir vino en su tienda. Generalmente, acompañado de un puñado de
cacahuetes como tapa. El negocio lo consolidaron y acrecentaron sus hijos,
desterrando las hortalizas y especializándose en restauración. Con el tiempo,
atrajo a turistas que venían en sus buenos coches, o en motos de gran
cilindrada, los cuales deslumbraban a los chavales del barrio.
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| Imagen del Teatro Pereda desde la calle Martillo. |
En el número 2 de la calle se levantaba el Teatro Pereda, edificado en 1919 sobre lo que fue primero casa de baños, y después casino. Contaba con tres plantas, con acceso por tres arcos de medio punto. La taquilla se emplazaba en el vestíbulo, y a lo más alto, el “gallinero”, se accedía por una puerta lateral. El autor no lo relata, pero fue un edificio especialmente dotado para la música coral, con una excelente acústica, además de una imponente y muy bella decoración interior. Las partituras para las óperas y los conciertos se traían de Bilbao; se encargaba de ello mi abuelo paterno, D. Antonio Matías Usábel Aretio-Aurtena, que era natural de Vitoria, y fue jefe de correspondencia del Banco Hispanoamericano en Santander. Por su parte, mi padre, D. Antonio Usábel Muñoz, mantuvo amistad con D. Juan Carlos Calderón, eminente compositor, promotor del grupo Mocedades, e incondicional en su Drink Club. El destino del Pereda se selló en 1966, cuando cayó bajo la piqueta, tras solo cuarenta y siete años de actividad. La ciudad perdió un gran teatro, uno de los mejores de nuestra nación.
Otro de los negocios de mayor lustre en el Río de la Pila era el garaje Royano, aparcamiento de coches y de alquiler de vehículos. Muy amplio, ocupaba los bajos de una casa. Y, por supuesto, el bar Cantabria, de Terio y Ernesto Vallejo, con sus jamones y lomos de Grijuelo pendiendo sobre la larga barra, y el altillo-comedor para unas pocas mesas.
La arteria principal hasta tenía
una casa, la del número 9, reservada al oficio más antiguo del mundo,
indispensable a toda república bien ordenada, a señalamiento de Cervantes.
Los oficios eran variados:
carboneros, colchoneros, barberos, afiladores, limpiabotas, zapateros,
deshollinadores, lecheros, mecánicos, carpinteros, marineros, guardias,
obreros, pescadores y pescaderas, etc. Refiere el autor que los colchoneros se
encargaban de vaciar los colchones de lana, que se quedaba viciada y
apelmazada, y había que aderezarla, alisarla y separarla a base de golpes con
una vara que zumbaba en el aire. Luego se reponía en su lugar y se volvía a
coser el colchón.
Los chavales formaban pequeñas bandas que se zurraban en las “urrias”; tras las peleas, que dejaban sus magulladuras y sus desperfectos en el atuendo, todos tan amigos, y a disputar un partido mientras se tomaba el bocadillo de la merienda.
El calzado se remendaba, y las
ropas se heredaban; el uniforme de primera comunión, si era con chaqueta gris,
se usaba los domingos, como prenda distinguida. El ante no lo podía llevar todo
el mundo, y los tejanos o vaqueros --inaccesibles al principio--, solucionaron
el problema del desgaste, al ser resistentes y con generosos bolsillos para
portar de todo: “Era un espectáculo cuando uno llegaba a casa y antes de
lavarse las manos había que vaciar los bolsillos, era un tiempo que se hacía
interminable, quizá por la parsimonia, el vaciado de bolsillos ocupaba toda una
mesa de cocina. Generalmente traíamos más cosa que las que llevábamos, como
algún trozo de escayola del tamaño de la mano, que resultaba más cómodo para
pintar, algún cristal de colores, más chapas, una tira de tracamacas, más
cromos, un cuchillo roto, programas de películas, algún frasco de penicilina
vacío, y algunas castañas de regalo, y como todavía no fumábamos no había
tabaco y cerillas. Todo sobre la mesa parecía la exposición de productos de una
redada policial” (v. p. 176).
Sobre las costumbres de aseo y de
limpieza, además de hablar del jabón Chimbo o Lagarto, del orinal y palangana,
de las cuchillas y la espuma de afeitar, se menciona la arena fina de playa
para pulir las superficies de madera. Esta se adquiría al peso en las
carbonerías, y se recogía en los alrededores de la Virgen del Mar, la Maruca o
Liencres.
Las lecturas baratas se adquirían
y se revendían en un puesto del barrio, el de Andrés Moreno; a menudo, novelas
de Corín Tellado, o Marcial Lafuente Estefanía. A una señora que no sabía leer,
sus hijos le leían cada noche un capítulo de algún clásico, como El Conde de
Montecristo, La isla del tesoro, El retrato de Dorian Gray, La
Divina Comedia, etc. El fútbol se escuchaba en la radio y se comentaba en
los bares, que eran el club social.
Entre los solares, taludes y
naves abandonadas, muchos perros y gatos sin dueño, y camadas de ratas
vigorosas.
Se aprende del libro que
Santander, en sus tiempos antiguos, produjo mucha uva chacolí, en los campos
que iban de El Sardinero a Soto de la Marina. Una plaga terminó con ese
esplendor a mediados del s. XIX.
En el barrio se vivía la
solidaridad: se dejaba a deber, en confianza, a los tenderos, hasta la próxima
paga. Aunque también había su clasismo: las muchachas de servicio vivían en La
Albericia (Poblado José Antonio Canda Landáburu), en cinco filas de casas
unifamiliares, similares a chabolas y sin agua corriente. La gente que las
habitaba había perdido su hogar en el incendio del 41. Disponía de un comedor
social, para necesitados. El autor tenía un amigo que vivía allí, al cual
dejaba sus revólveres de juguete y regalaba sus tebeos. “Le preguntábamos
qué comía en el comedor social y él con mucha gracia cantaba, con rima, los
menús de dicha abundante comida, con el gesto negativo de su madre, por lo que
deducíamos que se lo inventaba, pues incluía pollo, alimento solo para las
clases más elevadas” (v. p. 135).
El cine era el de Hollywood, con
héroes que solían triunfar, y villanos derrotados. Era un recurso de moral, o,
como dice el autor, “escuela de valores”, porque “el bien vencía siempre al
mal mediante la lealtad, el sacrificio, la abnegación, la generosidad, la
valentía, el arrojo, la disciplina. Todo muy formativo” (v. p. 163).
Sus referencias al cine le sirven
a D. Ángel para caracterizar a personas del barrio, y los errores que comete
(como sus nombres se pronunciaban entonces) resultan enternecedores, y dan más
“sabor de época” a lo expuesto. Así, una señora se daba “un aire a lo Lesley
Carol”, o se copiaba el bigote de “Gar Gable”, o se contaba una caza de
ballenas como en una película de “Stewart Wrangler”.
Un libro muy sincero, ameno,
escrito con holgada llaneza, para disfrutar y guardar con cariño, como fiel
testimonio de una forma de vida y de vecindad, y un balcón abierto a la ciudad
de Santander.
Antonio Ángel Usábel,
marzo de 2026.


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