Este pasado verano, el CDIS
(Centro de Documentación de la Imagen de Santander) dedicó una pequeña muestra
fotográfica al chalet que se hizo construir don Benito Pérez Galdós (1843-1920) en la curva de la Magdalena, entre
el Paseo de la Reina Victoria y la calle que hoy lleva el nombre de nuestro más
lúcido y soberbio narrador después de Cervantes.
Para conocer las andanzas del
ilustre escritor por la capital cántabra hay que recurrir a los trabajos del
cronista oficial, don Benito Madariaga
de la Campa. En especial, a dos: Pérez
Galdós. Biografía santanderina (Institución Cultural de Cantabria, 1979); y
Pérez Galdós en Santander (Librería
Estudio, febrero de 2005).
El novelista canario visitó por
primera vez Santander en el verano de 1871, acompañado de su hermana Concha,
soltera, y de su cuñada Magdalena, viuda. Rápidamente, tomó amistad con el
narrador de las costumbres montañesas, el conservador José María de Pereda,
encantado con tener allí a un colega, que por entonces abandonaba el periodismo
y se abría paso en la Literatura. Galdós había escrito para los periódicos y
había realizado bocetos ilustrativos para ellos, como las escenas del proceso
contra Higinia Balaguer, acusada del crimen de la calle de Fuencarral y
ajusticiada en garrote vil. En febrero de 1868, sacaba en La Abeja Montañesa un artículo sobre Rossini, evidente señal de que
Santander ya estaba en su pensamiento. Galdós se había estrenado como novelista
en 1870 con La Fontana de Oro, un
relato de conspiraciones liberales contra el gobierno absolutista y tiránico de
Fernando VII. Había dado también por entregas su novela corta La sombra, de matiz neogótico e
inspirada por el tema del doble. Durante esa década, alumbraría una serie de
novelas de tesis, (“teológicas”, como las tildaba Marcelino Menéndez Pelayo)
cuya máxima inquietud residía en el enfrentamiento ideológico a costa de un
escaso calado psicológico. Nos estamos refiriendo a Doña Perfecta (1876) y Gloria
(1877), principalmente. De ese momento es también su delicado folletín Marianela, ambientado en tierra
cántabra, y obra muy querida por su autor. En 1873, Galdós inaugura los Episodios nacionales con Trafalgar. En Santander tenía el
novelista mar y montaña, en un clima muy suave y benigno en estío, hasta
lluvioso. Su puerto posibilitaba el enlace con otras capitales europeas en los
grandes buques de la Compañía Trasatlántica, propiedad del primer marqués de
Comillas, don Antonio López, admirador de Galdós (hasta que este se declaró
republicano). Entre 1871 y 1890, permanece los veranos Galdós en Santander, a
menudo de julio hasta octubre. Pereda es el encargado de buscarle alojamiento
en algún hotelito. Allí tiene sus escarceos amorosos más sonados, pues le
encanta echar unas canitas al aire junto al Cantábrico. Y nos habla de los
lances de otros, como el del rey Amadeo de Saboya con la “Dama de las
patillas”, Adela Larra, hija del escritor.
En la década de 1880, justo
después de que su hermano Ignacio fuera nombrado gobernador militar de Santander,
el pulso de Galdós como novelista progresa y se robustece. Curiosamente, ya no
habla de la Montaña, sino de Madrid, en un nuevo estilo que busca más el
distanciamiento del personaje y el multiperspectivismo objetivo. El elocuente cronista de la Villa y Corte
habla del impulso irrefrenable de la naturaleza, del fracaso ante él del
infundio teológico cristiano, y de la impiedad, la hipocresía y la ingratitud
extrema. Son tiempos para La desheredada
(1881), Lo prohibido, Fortunata y Jacinta y Miau (1888). En 1890, Galdós se decide a
construirse una residencia propia en la ciudad, y compra una parcela, que
amplía el año siguiente. Él mismo diseña los planos iniciales de lo que será su
chalet, “San Quintín”, que le firma en seguida el arquitecto Casimiro Pérez de
la Riva. Las dos primeras hipotecas para iniciar la construcción le suponen
tener que devolver 24.000 pesetas de entonces. En 1899, aún solicita otro
préstamo por 35.000 más, después de haber satisfecho los primeros. Galdós se
financia muy bien con sus nuevos estrenos teatrales, que algunos son adaptaciones
de sus novelas.
“San Quintín” era un chalet de
aire montañés e indiano, construido con piedra, mampostería, ladrillo, hierro
forjado y cubierta de teja con armazón de madera. Disponía de sótano, planta
baja, y dos alturas. Sobre el tejado dos claraboyas, veleta y pararrayos, y un
panel orientado a la bahía con dos leones rampantes y el lema “Plus Ultra”, con
fondo azul. En un ángulo de la terraza, la bandera española. En el terreno
libre, espacio para huerta y jardín, con pozo y aljibe. En el jardín, un banco
de azulejos que es lo único que se conserva, junto al muro original y sendos
títulos del nombre de la propiedad, también en azulejo añil. La entrada
señorial daba al norte, pero era la que menos se usaba. La de servicio, al sur,
al paseo de la bahía por donde pasaba el tren que llegaba al Sardinero.
En la planta baja, estaba el
gabinete de trabajo del escritor. Al fondo, un amplio ventanal de vidrios
coloreados, sillones de terciopelo rojo, estanterías con abundantes libros y
retratos y una maqueta de galeón colgando del techo. Próximo, un cuarto pequeño
con vitrinas para sus obras, sus traducciones, y sus manuscritos originales. En
esta misma planta de entrada, había un comedor de nogal, la cocina y una
galería que daba a la huerta.
En el primer piso, un estudio de
dibujo y pintura, con retratos dedicados, fotografías, bronces y armas.
Anaqueles de esmerada ebanistería. En su alcoba, una cama discreta de hierro
junto a la ventana, con silla y mesita de noche, lavabo, mecedora a los pies,
armario ropero y librería. En la cabecera del lecho, un grabado del Cristo de
Velázquez.
En el jardín, un pino con
horquilla para colgar una hamaca y descansar en ella. Hortensias, madroños, un
álamo y un laurel. A los pies de este laurel enterraba Galdós a sus perros. En
la huerta, plantaba el autor remolachas, patatas y pimientos. De temperamento
flemático y reposado, cierta vez montó en cólera cuando le sirvieron sus
propias remolachas adulteradas con azúcar.
Le gustaba experimentar con
globos aerostáticos, que soltaba desde el jardín. Odiaba los cohetes y petardos
y no los toleraba en su casa. Amaba los animales, y llegó a cuidar allí
golondrinas, palomas mensajeras, dos cabras, dos gansos machos (“Rinconete” y “Cortadillo”)
y, en sucesivas etapas, sus tres canes: “Polo”, “Titi” y “Canario”.
“Esta casa mía tiene este año cuatro nidos de golondrinas, uno más que
el año pasado. En mayo, los malditos pintores que estaban pintando la casa,
derribaron dos de los antiguos nidos. Las pobres avecillas tan buenas, leales y
consecuentes, no huyeron de este lugar” (Carta a Teodosia Gandarias).
Concha Ruth Morell –alias La Rusiña o La Centaura-- es Tristana.
Una mujer puesta al cuidado de un protector mucho mayor que ella. Liberal, nada
interesada, y con afán de trabajar firme para independizarse. Pudo inspirar
también el temperamento imprevisible de Electra.
Galdós viajó varias veces con ella, presentándola como su sobrina. Estuvieron
juntos en París, País Vasco y Navarra. Cuando visitaba Santander, se quedaba en
Astillero. En marzo de 1897, le dio por hacerse judía. A partir de 1904, al
amparo de algún convento de acogida santanderino, no se le ocurrió otra cosa
que volverse anarquista. Se tildaba a sí misma de “loquilla”, “chiflada” e
“histérica”. Galdós rompió con ella, pero le pagaba una casita en Monte, que
fue su postrer refugio. Concha, tísica, se despidió con 42 años. Pío Baroja,
que no perdía comba a la hora de poder criticar a Galdós, y supo de estos
amores y desvaríos, soltó que el canario era un hombre “un poco lioso y hasta trapacero”.
A su hija ilegítima María, a la
que no reconoció legalmente hasta poco tiempo antes de morir él, reprocha
Galdós su amplio desapego hacia su madre Lorenza, casi culpándola de su
acabamiento: “Hiciste mal en largarte a
las Arriondas dejando a tu madre sola en Madrid. No me extraña que la soledad
separada de ti haya acabado de trastornarla, llevándola a un fin tan
desgraciado. ¡Pobre Lorenza!” Mas se podría recordar en este caso aquello
de “cuántos ven la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio”.
Sin embargo, fue una mujer, a la
que Galdós estimaba grandemente, la madrina de sus primeras novelas, la
financiera de las primeras ediciones. Era su cuñada viuda doña Magdalena
Hurtado de Mendoza, fallecida en Santander el 13 de octubre de 1894. Esta
señora le llevó, además, a París en 1867. Y fue, así mismo, otra mujer, la
vasca Teodosia Gandarias, la que inició el último viaje a muy pocos días de
enterrado el escritor. Trece años de secreta relación. Él murió a los 76 años,
ella con 57.
Galdós era un escritor pausado
pero disciplinado. Se levantaba a las cinco de la mañana, desayunaba en su
despacho, salía a la huerta y daba de comer a los animales. Después entraba y
se ponía a escribir, hasta el mediodía. Entonces podía bajar a la playa a darse
un baño. Tras la comida volvía a trabajar en sus obras literarias y luego
paraba para descansar y recibir visitas en el jardín. Cenaba a las ocho y se
acostaba a las nueve y media. En Santander empezó o terminó muchas de sus
mejores producciones: Trafalgar, Ángel Guerra, Torquemada en la cruz, Torquemada en el Purgatorio, La de San Quintín,
Nazarín, Halma, El abuelo, Electra, El caballero encantado, Celia
en los infiernos. Buena parte de los Episodios
nacionales (Amadeo I, Prim, Cánovas, etc.) vieron la luz en “San Quintín”.
El 11 de agosto de 1915, don
Benito fue recibido por los reyes, Alfonso XIII y Victoria Eugenia en su
flamante palacio inglés de La Magdalena, reciente regalo del pueblo de
Santander, que costó en su momento (1909) setecientas mil pesetas. Cinco años
antes, el escritor ya había firmado manifiestos de signo
republicano-socialista. Siendo agnóstico, y no ateo, se había mostrado
anticlerical en Amadeo I. Sin
embargo, engalanó su chalet y vivió con orgullo esa invitación regia, sobre la
cual luego guardó un prudente silencio. La prensa católica más ortodoxa la
emprendió en firme contra el antiespañolismo de Galdós, novelista descreído que
no representa ni la moral ni el sentir de las arraigadas tradiciones hispanas.
Obstaculizaron por cuatro veces su candidatura al Premio Nobel de Literatura,
proponiendo y patrocinando en 1912 en su lugar a su buen amigo Marcelino
Menéndez Pelayo. Los barcos de la Compañía Trasatlántica habían dejado de hacerle
el saludo de ordenanza en su paso frente a su casa, y el marqués de Comillas
había retirado todas sus obras de sus bibliotecas de viaje.
El 29 de septiembre de 1917,
salía Pérez Galdós para Madrid, en el tren correo, para no regresar jamás a su querida
Santander. Había perdido ya la vista, y su situación financiera era más que
delicada. Sus obras no rentaban y el novelista no sabía ahorrar. Falleció
Galdós, por uremia y hemorragias gástricas, en su piso de Hilarión Eslava de
Madrid, el domingo 4 de enero de 1920, a las tres y media de la madrugada. Su
capilla ardiente se erigió en el consistorio madrileño, y su cadáver recibió
sepultura en el panteón familiar del cementerio de La Almudena.
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Galdós, postrado en Madrid,
quería librarse de “San Quintín” aun antes de morir. Ordenó en 1919 a su
albacea que iniciara los trámites para la venta. Este fijó un precio inicial de
400.000 ptas. en enero de 1920, fallecido ya su propietario. Diez años después,
en 1930, la familia pedía 280.000 ptas., pero en 1936, el inmueble y su legado
fueron tasados por técnicos estatales en 250.000 ptas. Un precio muy alto, de cualquier modo, porque
por 400.000 ptas. se vendía un chalet de estilo montañés, de tres plantas, con
sistema de calefacción y mansarda, jardín frontal y parcela trasera cultivable,
en el año ¡1960! El precio de hoy rondaría entre 0’9 y 1’3 millones de euros,
según el estado de conservación. Nos parece que cien mil pesetas por la
vivienda hubiera sido un precio más que razonable y generoso hasta 1935-36. Y
pongamos otras cien mil más por el contenido de manuscritos, epistolario,
pinturas, fotografías y primeras ediciones. Es decir, doscientas mil pesetas de
entonces en total. Lo solicitado tanto por el albacea de Galdós como por sus
herederos eran precios abusivos y desorbitados. En este aspecto discrepamos de
don Benito Madariaga: no fueron las rencillas políticas las que llevaron a no
comprar para el municipio o el Ministerio de Instrucción Pública la vivienda
del escritor, sino la falta de acuerdo económico. La prueba es que, el 20 de
mayo de 1964, y después de largos preparativos desde 1959, el Cabildo Insular
de Gran Canaria inauguraba en Las Palmas la Casa Museo de Pérez Galdós,
amueblada con parte del mobiliario de su piso de Hilarión Eslava y algunos
enseres de “San Quintín”, que la familia había vendido tras la contienda civil.
“San Quintín” se vendió a un particular en 1940. Pese a la furibunda oposición
del obispo Antonio Pildain, quien incluso se quejó por oficio al Jefe del
Estado, el General Francisco Franco, el museo quedó abierto.
Entre tantos dimes y diretes,
¿quién vigiló y cuidó la finca santanderina una vez desaparecido su
propietario? Pues Manuel Rubín González, carabinero del cuartelillo de La
Magdalena, natural de Peón (Asturias), quien entró al servicio de Galdós en
1899. Rubín, más que un criado, era un amigo más del novelista. Se habían
conocido casualmente, cuando el militar se acercaba por allí los veranos a
pedir un vaso de agua fresca. Pero este hombre falleció de repente en diciembre
de 1929. Se sentó en un banco del vestíbulo, con la cabeza apoyada en el brazo
derecho y el manojo de llaves en la mano izquierda. Se olvidó de respirar. Los
vecinos lo vieron a través de un cristal, como dormido, inmóvil, con la perra
“Nela” quejándose a sus pies. Su alma había subido en uno de esos globos que se
lanzaban desde el jardín.
©Antonio Ángel Usábel, septiembre
de 2013.
Excelente escritor. Mientras en medio mundo se estudia a Shakespeare. Don Benito muy superior literariamente esta olvidado casi. País de bestias pardas. Uno de los responsables del atraso Español ha sido la llamada "Iglesia católica española" Manera muy particular de entender la cultura. Mucha sotana, dogma, Y caletre vacio.
ResponderEliminarDon Benito insuperable....ojalá hubiéramos conservado San Quintín, pero su obra nos acompañará siempre.
ResponderEliminarEl gran olvidado de las letras y merecedor del novel,en Lugar de tanto mojigato escandinavo.
ResponderEliminarMuy buen resumen! Es curioso que Galdós siguió el proceso contrario y terminó declarándose republicano. Seguramente en coherencia con los tiempos y con su vida, llena también de incongruencias.
ResponderEliminarPero yo buscaba la fecha en que se tiró San Quintín.
Estimada Isabel: El chalet original de don Benito se vendió a un particular en 1940. Creo conocer que el derribo vino poco después de la compra. Es decir, la construcción que hoy existe debe de datar de los años 1941-1942 aproximadamente.
EliminarInteresaba, en parte, borrar todo vestigio del paso del novelista por Santander, habida cuenta de su ideología republicana y afín al socialismo.
Solo se conserva una parte del jardín, así como los famosos azulejos con el nombre "San Quintín" sobre los muros externos (uno a Paseo Reina Victoria, y otro a Benito Pérez Galdós).